30.10.13

ojos que no ven








alguna vez le corbusier le pidió a los arquitectos abrir los ojos y ver, entre otras cosas, los trasatlánticos. en los barcos —como en los aviones o en los autos, completando la trilogía corbusiana, pero también los animales y las plantas, para pensar en el organicismo del siglo 19— son como deben ser: su forma —para repetir la fórmula clásica que louis sullivan le tomó prestada a horatio greenough— sigue a la función. le corbusier le pedía a los arquitectos abrir los ojos y ver los barcos porque pensaba que la arquitectura se había convertido en un arte devaluado en decoración —lo único para lo que los arquitectos eran "buenos".

en the guardian, oliver wainwright escribe sobre el yate diseñado por zaha hadid, algo como un macarrón apolillado y que, como otros objetos —zapatos— y edificios suyos, es un ejemplo de exceso que, supongo, aterrorizaría a le corbusier y a uno que otro ingeniero náutico. wainwright muestra, además los barcos diseñados por norman foster —que también parece excederse en su afán de ser un modernísimo barco—y de john pawson —donde el esfuerzo del diseño parece no concentrarse en la espectacularidad.

a varios arquitectos hoy habría que pedirles que, si no quieren ver, como pedía le corbusier, limiten su talento a los edificios y liberen al resto de las cosas de su buen gusto.

die frankfurter küche

la cocina de frankfurt y grete shutte lihotzky



un tributo cantado.

21.10.13

hacer ciudad



mejor largometraje documental en el arqfilmfest 2013 de santiago de chile —de guillermo amato | @gfamato

6.10.13

le corbusier


¿arquitecturas marginales?




hace unas semanas se anunció que la medalla de oro del real instituto de arquitectos británicos (riba) del 2014 se concedía a joseph rykwert. juan manuel heredia escribió que se trata del quinto historiador y crítico —junto con lewis mumford (1961), nikolaus pevsner (1967), john summerson (1976) y colin rowe (1995)— que la recibe desde 1848, cuando se instituyó el premio. también se anunció hace unos días que el 18º premio stirling, que también otorga el riba, “no fue —según escribió simon jenkins— para un edificio sino para la arquitectura misma”. el castillo de astley, construido en el siglo XII, fue renovado el año pasado —tras un incendio en 1978— por los arquitectos whiterford, watson y mann, quienes tuvieron por cliente al landmark trust británico —organización dedicada a rescatar edificios antiguos o en riesgo que después, con el fin de reunir los fondos necesarios para su mantenimiento, sirven de espacios para alojar viajeros.

en su texto jenkins agrega que “cada uno de los seis finalistas al premio se alejó de los usuales ganadores del Stirling, tradicionalmente ‘declaraciones icónicas’ o formas generadas por computadora por ‘starchitects’ y que gritan ‘pónganme en las páginas a color’. cada uno era —añade jenkins— discreto y respetuoso con el contexto. colectivamente sugieren que la arquitectura británica le da vuelta a la página y descubre una sorprendente humildad. son noticias maravillosas.”

y habría que preguntarse si sólo en gran bretaña. si pensamos en el pritzker, del año 2000 a la fecha, al menos, además de los “starchitects” de sobra conocidos —como koolhaas (2000), herzog y de meuron (2001), zaha hadid (2004)— hubo premios a otros igualmente notables aunque con menos apariciones en las portadas de las revistas de arquitectura: glen murcutt (2002), paulo mendes da rocha (2006), peter zumthor (2009), eduardo souto de moura (2011) o wang shu (2012). los temas de las últimas bienales de arquitectura en venecia —para citar la de mayor impacto mediático— fueron, entre otros, menos estética y más ética, dirigida por massimiliano fuksas en el 2000, ciudades, arquitectura y sociedad, dirigida por ricky burdett en el 2006, la arquitectura más allá del edificio, dirigida por aaron betsky en el 2008, la gente se encuentra en la arquitectura, kazuyo sejima en el 2010 o suelo/tierra común, dirigida por david chipperfield en el 2012  —cuando el león de oro se le entregó, no sin polémica, a la torre de david, un edificio de 45 pisos en caracas que fue abandonado sin terminar y luego ocupado por más de 700 familias: sin duda signo del fracaso de cierta idea de modernidad y, de paso, de cierta idea de la arquitectura. justo un año antes, en el congreso arquine del 2011, fueron mucho mejor recibidos oscar hagerman o cameron sinclair de architecture for humanity, que zaha hadid y su fracasado intento de explicar sus formas espectaculares. ¿se trata de una vuelta a la página y el descubrimiento de una sorprendente humildad, como apunta jenkins para la arquitectura británica?

podría ser —ojalá: sería justo y necesario. pero también podría no ser otra cosa que un movimiento pendular —cada vez más rápido— entre lo que algunos califican de mero espectáculo y puro formalismo y lo que otros presumen como arquitectura auténtica. o una mirada al margen –como acostumbra de vez en cuando el nobel de literatura. o una respuesta —tal vez tardía— a condiciones que trascienden a la arquitectura misma —nunca suficientemente autónoma, siempre definida por la contingencia: no sólo la crisis económica que parece no ceja, sino también la respuesta que ésta ha provocado entre la sociedad, sobre todo entre las clases medias padeciendo como poco a poco las incumplidas promesas de la modernidad se resquebrajaban, y entre los menos favorecidos, quienes al parecer nunca tuvieron noticia de aquellos compromisos.

la pregunta es si hoy esa arquitectura humilde y discreta, hecha por y para activistas, consciente del medio y de la radical otredad del ocupante, atenta a las crisis, respetuosa pero también rebelde, va en serio o si, como desde finales del siglo XIX y principios del XX, se presenta más bien —parafraseando a le Corbusier— como una opción a la revolución —y a veces una coartada para evitar otras formas de pensar cómo nos construimos en tanto ciudad y cómo nos imaginamos en tanto sociedad. por mientras, no está mal que lo marginal y lo escrito entre líneas sea centro de nuestra atención.

arquitecto por un día




hay días para todo. nacionales —el 4 o el 14 de julio, el 16 de septiembre— y otros que celebran ciertas religiones. también hay días como el primero de mayo, que es casi mundial, o el de la mujer, aunque el de la madre no es el mismo día en todos lados. desde 1996 el primer lunes de octubre es el día mundial de la arquitectura, por soberana decisión de la unión internacional de arquitectos (uia). es mismo es el día mundial del hábitat —instituido por la onu— y alguien —probablemente un arquitecto de tendencias entre heideggerianas y ecológicas— supuso que van pegados: que si el hábitat es el lugar donde habitamos algo debe de tener de arquitectura —al menos en el grado cero de una arquitectura primordial y originaria. en méxico, además de ser el día del hábitat y el día de la arquitectura, también es el día del arquitecto. supongo que alguien más —probablemente otro arquitecto, convencido de que el orden de los factores no altera el producto— supuso que si los arquitectos hacen arquitectura, entonces la arquitectura es asunto de arquitectos, y que habría que celebrar al mismo tiempo que al hábitat y a la arquitectura a los indispensables arquitectos.

aceptemos sin conceder que lo primero es relativamente cierto, que arquitecto es quien hace arquitectura, aunque de ningún modo, pienso, hacer arquitectura implique necesariamente ni construir ni hacerla bien: hay arquitectos que construyen mala arquitectura —muchos— y otros que hacen buena arquitectura aunque nunca o rara vez construyan algo —o, más bien, la arquitectura se construye de varias maneras, pero eso es otro asunto. en cambio, asumir que la afirmación inversa, es decir, que la arquitectura la hacen los arquitectos, es cierta tiene consecuencias que incluso cambian el sentido de la primera —que arquitecto es quien hace arquitectura. porque si suponemos —como de algún modo lo hizo la uia al hacer del día del hábitat también el de la arquitectura— que ocupar un lugar habitándolo es una acción arquitectónica, entonces podemos también decir que se hace arquitectura estando en el mundo —habitar es la estancia entre las cosas, dijo heidegger. o, dicho de otro modo, que habitar y hacer arquitectura son, en el fondo, lo mismo —y si ser es habitar, de nuevo según heidegger, no podemos ser sin hacer arquitectura o, más bien, por el mero hecho de ser haremos arquitectura —eso dijo en cierto sentido eugenio trías, para quien la arquitectura es, en su forma más básica, lo que hace que el espacio tenga un sentido humano; o también peter sloterdijk, quien dice que todos somos arquitectos de interiores al acondicionar el mundo para habitarlo.

entonces, si arquitecto es quien hace arquitectura, arquitectos somos todos. al contrario podríamos suponer que la arquitectura, sí, se hace al habitar pero que eso no implica que quienes la hagan de ese modo sean necesariamente arquitectos: puede haber una arquitectura sin arquitectos y el arquitecto sería un especialista en eso que todos hacemos: habitar. algo así como el poeta es un especialista en eso que todos hacemos: hablar. aunque la comparación es peligrosa: abre la puerta a un romanticismo superficial de quienes no piensan la poesía más que como rimas y olvidan que también el novelista y el filósofo son, en un sentido amplio, poetas —y así, también, se habita: pleno de méritos pero como poeta el hombre habita en la tierra, dijo hölderlin y lo citó, una vez más, heidegger.

pero eso —que el hábitat es arquitectura y por tanto todos somos arquitectos y habitamos poéticamente— no creo que sea realmente el tema central de la celebración del próximo lunes. en un país con 120 o más escuelas de arquitectura, la mayoría malas, con asociaciones gremiales que no son ni de lejos representativas de todos quienes ostentan el título o ejercen la profesión, mucho menos de los cientos de miles de jóvenes recién egresados o aun estudiando, donde la obra pública —derivada de ocurrencias poco planeadas— es asignada de manera directa y casi siempre según criterios nada claros, donde, en fin, el trabajo de los arquitectos parece inalcanzable para buena parte de la población —y no sólo en sus casas o trabajos sino en los edificios y espacios públicos que usan—, parece más necesaria la reflexión y la reinvención que la autocelebración acrítica. aunque es cierto, para eso último, un día no basta.

22.9.13

el agua



no recuerdo a quien le oí por primera vez la frase: el agua es cabrona y el agua no es pendeja. la prueba del agua parece ser la más dura, la más difícil que tiene que soportar la arquitectura o, al menos, los edificios. un temblor, un incendio o un ataque terrorista pueden ser devastadores, pero son menos comunes que las lluvias que, en buena parte del mundo, someten a prueba a las construcciones con regularidad previsible. sus efectos son dobles: instantáneos, con goteras o peor, inundaciones, y acumulativos: deslavan, despintan, oxidan, corroen. a lo largo de la historia hemos aprendido a anticiparnos a sus efectos: los techos inclinados, los aleros, canalones y botaguas, los pisos elevados, los barnices y las pinturas, son algunas formas de prever el paciente y otras veces imparable asedio del agua.

con todo, parece que a la larga no hay edificio sin gotera, salitre o humedad. obras de le corbusier y wright las padecieron —de esperarse en el caso del segundo si la casa está sobre una cascada— y en el documental koolhaas houselife vemos el experimento de resultado increíble en su casa de bordeaux: riegan por un lado y la gotera aparece al otro extremo. mies elevó la casa de edith farnsworth más allá de la cota más alta que había alcanzado el desbordamiento anual del río al que hace cara, pero no previó —¡cómo podría!— el calentamiento global y sus efectos. y peor aun: el agua no sólo ataca por fuera sino desde dentro: tuberías y cañerías recorren muros y pisos. al final, sea que el arquitecto intenta una solución poco probada y fracasa o que tanto va el agua a la casa que la falla aparece.

el riesgo de una casa en la ciudad se multiplica. Incluso las lluvias regulares causan inundaciones o de menos, en esta ciudad, encharcamientos y apagones. entre el agua que cae del cielo y la del subsuelo, el pavimento se deforma o desaparece. y con lluvias torrenciales todo empeora. pero si en una casa el agua, con su insistencia y su inteligencia, revela la poca astucia o aplaca la soberbia del arquitecto, en la ciudad y en el territorio deja a la vista las fallas de planeación o la tardanza en la respuesta, el descuido y la corrupción de gobernantes, el cinismo y la ambición de los que por costumbre llamamos desarrolladores pero que nada hacen por el desarrollo y también la marginación y la desigualdad. en muchos, si no es que en todos los casos, los causantes tienen nombre —y no son ni katrina, ni ingrid, ni manuel. los cientos de miles de damnificados por las lluvias en los últimos días en guerrero y otros estados —incluyendo los turistas de acapulco sobre los que algunos medios e incluso el estado han centrado su atención como si fueran los únicos o los más afectados— hubieran padecido menos si alguien hubiera planeado más, si alguien hubiera construido mejor, si alguien hubiera hecho su trabajo. y si en la casa la gotera puede revelar descuido o tontería del arquitecto, en la ciudad y el territorio las pérdidas por inundaciones revelan irresponsabilidad incluso criminal. aquí, no es el agua ni la cabrona ni la pendeja.

14.9.13

la modernización y la protesta



viernes 13 —de esos que en las películas de terror son los peores— al cinco para las 11 hora local —estoy en chihuahua y el aire acondicionado de mi cuarto no funciona; ya se siente el calor. en lo que termino de preparar una plática leo noticias en la red.  leo que las 12 del día, hora del df, es el límite fijado por la secretaría de gobernación a los maestros para desalojar el zócalo. también leo sobre marshal berman, el autor de todo lo sólido se desvanece en el aire: la experiencia de la modernidad, que murió el pasado 11 de septiembre —a los 12 años del ataque al wtc de nueva york y 40 del golpe de estado en chile. pensaba escribir algo sobre el concurso para la curaduría de la participación mexicana en la bienal de venecia, pero ya dije casi todo lo que tenía que decir y la mezcla de noticias —berman y la cnte— me hicieron cambiar de opinión. o tal vez sea culpa del maldito calor en este cuarto donde, por sabia decisión del arquitecto, no se puede abrir la ventana.

berman al inicio de su famoso libro hablaba de la modernidad como esa promesa —incumplida dirá después habermas— de aventura, poder, gozo, crecimiento y transformación de nosotros mismos y del mundo, pero que por otro lado es también una amenaza de destruir todo lo que tenemos, sabemos y somos. la modernidad, como una etapa histórica y cultural, se desdoblaba para berman en dos: la modernización: el empuje casi ciego hacia el crecimiento y el cambio continuo, y el modernismo: la respuesta intelectual y artística a tal impulso. según berman la crisis de la modernidad se debe a que la modernización va sola sin que ningún modernismo crítico le haga frente. Y no es que el modernismo pueda contener o transformar la modernización, pero el intento se hacía.

al mismo tiempo que escribo lo anterior —ya pasaron 20 minutos: son las 12:15 en el df— leo que los maestros iniciaron el retiro de su plantón —curiosa palabra que, con tintes negativos, califica las protestas en méxico: no ocupamos, no nos indignamos, no nos rebelamos: nos plantamos, como vegetales inertes que sólo estorban: mala hierba. y leo también los, hasta ahora, 36 comentarios de los lectores. la mayoría aplaude el retiro, lamenta la tibieza de las autoridades o simplemente insulta: seudomaestros, nacos, hasta que sacaron a esos animales del zócalo, se hubieran quedado para que los sacaran a golpes. la furia de los imbéciles —leo también en un texto publicado en letras libres. A la queja por la mala educación se suma ahora el repudio a los bloqueos. la clase media —esa borrosa entelequia mexicana— repudia sobre todo el atentado a la libertad de tránsito que suponen las acciones de los maestros —aunque habría que acotar: la limitación del libre tránsito sobre todo en automóvil particular.

vuelvo a berman. en un video cuenta una anécdota sobre le corbusier. en un bello pasaje —dice berman— el arquitecto recuerda con nostalgia el tiempo cuando podía caminar por las calles, a medio arroyo, contrario a esos días —los suyos pero también los nuestros— en que la calle se ha vuelto territorio exclusivo del auto. le corbusier, sigue berman, se pregunta qué podemos hacer. la respuesta: si no podemos vencer al auto seamos uno con él y así mata a la calle sustituyéndola por autopistas. le corbusier, concluye berman, es probablemente el más grande metafísico de la autopista. que la calle muera implica la muerte —o la condena— de todo lo que no sea pura circulación y de todo lo que se oponga al simple flujo: vendedores y maestros que protestan, pero también peatones y niños que juegan, bicicletas, perros y hasta pelotas. la nueva calle es de todos, siempre y cuando vayan en coche.

12:49. algunos maestros ya dejan el zócalo, se van al monumento a la revolución. otros, menos, se quedan, resisten —más allá de lo que pensemos de su posición y sus reclamos, lo suyo es una forma de resistencia. se resisten al movimiento —¿no es eso, el movimiento, el sustento ideológico del presente sexenio? estorban, dicen unos, el cambio y la modernización —en el sentido que le daba berman. no quieren ver que para que el país realmente avance necesitamos buenos maestros, calificados, evaluados, dispuestos a educar bien a nuestros niños, que sin duda son el futuro de méxico. y también estorban el libre tránsito: la máxima libertad de cualquier ciudadano del mundo moderno: moverse en su coche —aunque pueda llegar en el mismo tiempo o hasta más rápido de otra manera. esos maestros —seudomaestros, les dicen— sólo quieren defender sus mezquinos intereses —su puesto y el derecho de heredarlo— y no piensan en el bien común —la educación y el uso del auto, no se si en ese orden. no entienden que para mejorar sólo necesitamos evaluar a los maestros y contratar a los mejores —si no son suficientes siempre podremos importarlos de finlandia. no aceptan que la ciudad es de todos, pero especialmente de nosotros, sea ese nosotros los automovilistas, o los que tenemos que llegar al aeropuerto a riesgo de perder el vuelo, o los que sí trabajamos para poder pagar las colegiaturas de nuestros niños —¡qué horror pensar que los termine educando en una escuela pública uno de esos! Atrás, afuera con los otros.

y vuelvo a berman: ¡cómo nos hace falta el modernismo para pensar críticamente esa modernización que nunca podrá cumplir, así: sola, todo lo que promete, pues ya sabemos qué se llevó el viento: todo lo sólido ya disuelto!

p.s.. son las 5:47 pm hora del df. mi cuarto sigue sin aire acondicionado pero hace menos calor o ya me acostumbré. afuera, en una tienda de botas que veo desde mi ventana que no abre, suena a todo volumen Selena, en paz descanse. a las 2 de la tarde el doctor mondragón —que inevitablemente me hace pensar en aquella banda de la movida madrileña— dio a los maestros un par de horas para retirarse. pasadas las cuatro las fuerzas del orden iniciaron el operativo para recuperar nuestra plaza y así podamos todos conmemorar orgullosos los días patrios, que no de otra cosa se trataba: que te hagan perder un vuelo pasa, pero que te impidan sumar tu voz al vivan los héroes que nos dieron patria es ir demasiado lejos. tal vez por morbo leo algunos de los, hasta ahora, 65 comentarios de los lectores a la nota del reforma sobre la toma del zócalo por la policía federal: lo hubieran hecho desde el primer día, ya se fueron los indios, gorilas, analfabetos, primitivos, que se regresen a ese estado de progreso y bienestar que es oaxaca y no regresen más. la sintaxis de muchos de esos comentarios no permite presumir que  los autores se ejerciten en la lectura más de lo que ellos suponen hacen los maestros. pero ya estamos en paz. a partir del lunes, bueno: martes —respetemos las fiestas— la educación pública en méxico será otra cosa y el zócalo volverá a ser una de las plazas más bellas del mundo. así sea.

9.9.13

el edificio y el huevo frito



desde hace unos días es noticia un edificio que derrite coches y fríe huevos. el walkie-talkie como lo conocen los londinenses, es un edificio de 37 pisos en la city proyectado por el uruguayo rafael viñoly. en una entrevista en el 2012 con oliver wainwright, crítico de the guardian, viñoly tuvo el mal tino de decir “todo edificio es una ocupación del skyline, pero la mayoría no dan nada de vuelta”. por supuesto no pensaba que lo que devolvería serían rayos de sol concentrados a unas cuadras del edificio, elevando la temperatura al punto de poder derretir los espejos de un auto ahí estacionado o, ya en plan de burla, freír un huevo en un sartén a media banqueta. dos años después, de nuevo a wainwright, viñoly admite: “cometimos muchos errores con este edificio y nos haremos cargo de ellos.” dice también que sabía que esto iba a pasar, pero carecían de las herramientas o programas necesarios para analizar el problema con precisión y culpa en parte a la reducción de costos que eliminó unas persianas horizontales que disminuirían la luz solar reflejada por la gigante fachada cóncava. el efecto del walkie-talkie es un caso extremo, sin duda, pero puede servir para pensar la condición de la arquitectura en relación a su medio, no sólo en los términos de un discurso ecológico, a veces limitado a mera etiqueta, sino más allá.

en 1933 el historiador vienés emil kaufmann publicó su libro de ledoux a le corbusier, el subtítulo era origen y desarrollo de la arquitectura autónoma. kaufmann ve la arquitectura de le corbusier no como una ruptura sino como la culminación de un cambio que se había iniciado a finales del siglo XVIII con la arquitectura de ledoux: desde sus partes hasta el edificio mismo empezaron a ser concebidos de manera autónoma, sin relación directa con lo que está más allá de sí mismos. kaufman dice que es entonces cuando “emerge el ideal de un aislamiento arrogante.” lo podemos ver en esos pabellones aislados de ledoux: formas puras, casi sin adorno, que no se confunden con el suelo sobre el que se posan casi sin tocarlo. y podríamos ir aun más atrás, hasta palladio y sus villas, como hizo collin rowe. el hecho es que poco a poco el edificio se fue concibiendo como un objeto aislado, puro y autónomo. suelto en el paisaje y absuelto de cualquier obligación hacia él. el resultado fueron esos edificios poco eficientes energéticamente que denuncia el ecologista, pero la respuesta no pueden ser sólo aditamentos, ya con tecnologías novedosas o ancestrales, para mejorar la eficiencia —esa sería una visión puramente económica de lo ecológico. hay tal vez que pensar otra relación de la arquitectura con su medio pero desde términos estéticos —en un sentido amplio del término que nos permitiría considerar al rayo fulminante del walkie-talkie como un fenómeno estético, esto es: sensible.

paul valery escribió que cada uno de nosotros tiene, por lo menos tres cuerpos. primero el propio, el que soy y siento; el segundo es el que los otros ven; el tercer cuerpo es el que la ciencia construye. valery agregaba un cuarto, “indivisible del medio desconocido e incognoscible que los  físicos nos hacen presentir cuando atormentan el mundo sensible” y que “no se diferencia de ese medio inconcebible ni más ni menos de lo que se diferencia un remolino del líquido en que se forma.” hoy, como demuestra el walkie-talkie de viñoly, tal vez debamos pensar la arquitectura como el cuarto cuerpo de valery: indistinguible del medio en que se forma y pasar del objeto discreto al campo expandido.

espacios para aprender



una escuela no es un edificio. lo mismo se puede decir de otras especies de espacios: la biblioteca, el templo o el teatro, por ejemplo. la imagen romántica de un grupo de niños sentados bajo la sombra de un gran árbol escuchando al anciano del pueblo y aprendiendo de él nos lo enseña: es el acto que pone en relación al aprendiz con el maestro —o al lector con el libro, al creyente con sus dioses o al actor y a su público—, la acción y no el espacio; el acontecimiento —como afirmaba tschumi— y no el edificio. en principio suscribo la idea. pero hay que pensar también lo contrario: que los espacios o bien nos imponen usos y costumbres que nos hacen actuar de cierta manera y no de otras, o bien nos permiten e incluso nos invitan a inventar otras formas de ocuparlos. por eso la arquitectura —y aquí hay que hablar de la arquitectura sin arquitectos: más allá o más acá del celo y del ego profesionales— también juega un papel en la enseñanza. no en balde foucault ponía a la escuela junto al hospital, al monasterio, al cuartel y, finalmente, a la prisión, como ejemplos de esos dispositivos cuya función era disciplinar al cuerpo: siéntate derecho; no te muevas; pon atención. ésas máximas de cierta rudimentaria pedagogía parecen estar inscritas en la forma misma de nuestras escuelas. desde su escritorio, muchas veces elevado sobre una tarima, el profesor profesa la misma vocación del guardia en el panóptico: vigila y castiga. también enseña, claro, pero eso podría hacerlo en condiciones distintas: en un salón sin sillas ni pupitres fijos, como en las escuelas que se llaman a sí mismas activas, o bajo la sombra de un árbol. en cualquier caso la escuela es una fábrica: produce cierto tipo de humanos. eso es claro en el edificio de la bauhaus diseñada por gropius, de la que mark wigley dice que es, literalmente, una fábrica que producía diseñadores para exportar al mundo entero —allá va bertrand goldberg a chicago, mizutani takehiko a japón o michael van beuren a méxico. pero también podemos verlo en las escuelas rurales prefabricadas y producidas en serie en méxico, con el diseño —más bien: la estrategia— de pedro ramírez vázquez.

entonces, la escuela como edificio es tal vez sólo un recinto, pero su arquitectura es mucho más compleja. el edificio es parte de un dispositivo que produce y reproduce humanos pues, como escribió jean françois lyotard, nosotros no nacemos humanos como los gatos nacen gatos —con unos minutos de diferencia. producir un humano no es mero asunto biológico: lleva tiempo. y la escuela —de nuevo: como un dispositivo y no sólo como edificio— es parte fundamental de ese proceso. es un espacio, sin duda, pero también uno social, cultural y sobre todo político, en el más amplio sentido del término: como explica peter sloterdijk, la política es “el arte de una comunidad humana de repetirse en las siguientes generaciones.” parafraseando la clásica cita de churchill: formamos espacios que después nos forman a nosotros, ahí nos conformamos —en varios sentidos: nos damos forma los unos a los otros, nos damos por satisfechos, llegamos a estar de acuerdo. en la política clásica, la escuela es el lugar de la paideia: de la construcción del miembro ideal de la polis; y en la política de las cosas de la que habla bruno latour, la escuela es sin duda un sitio privilegiado de la asamblea: uno de esos sitios en los que “hablamos, decidimos, votamos y somos concebidos,” con “su propia arquitectura, su propia tecnología del discurso, su complejo juego de procedimientos, su definición de la libertad y del dominio, sus modos de reunir a los interesados y lo que les interesa.” en la escuela, pues, como edificio y sobre todo como dispositivo en este sentido amplio, la arquitectura se encuentra con una de sus dimensiones políticas, comunitarias y éticas fundamentales. 

en su número 65, arquine toca a la escuela desde varios aspectos. por supuesto hay proyectos: grandes y pequeños, monumentales y otros básicos —y no sólo por su técnica o su apariencia sino por el papel que juegan: son soportes de lo que vendrá después. algunos de esos proyectos son ejemplo de una doble enseñanza: han sido realizados por jóvenes en su etapa formativa y el aprendizaje así resulta doble: para el arquitecto en ciernes y para la comunidad con la que trabaja. también se dedican algunas páginas a reflexionar sobre el aprendizaje y la enseñanza desde la arquitectura —para arquitectos o no. además, en las próximas semanas, en este sitio, iremos ampliando la discusión sobre este tema que, sabemos, es hoy —en general y en particular en méxico— de particular importancia: la manera como imaginamos ese espacio y esas arquitecturas que sirven para ayudarnos a imaginarnos a nosotros mismos como lo que somos y lo que queremos y podemos ser.

el acto de conocer[se] o conocer[se] en el acto




¿qué es arquitectura? una forma de conocimiento. 
eso lo dice saskia sassen en una entrevista publicada en archdaily, realizada en méxico durante su participación en el congreso arquine. “arquitectura no es sólo erigir muros. es incorporar todo el conocimiento que tenemos.” la diferencia entre hacer y conocer articula desde hace mucho tiempo la propia idea —o imagen, que es lo mismo— que la arquitectura construye de sí misma en tanto disciplina. desde vitrubio, para quien el conocimiento del arquitecto vincula dos tipos de saber: fabricar: saber hacer y razonar: la capacidad de explicar lo hecho, hasta pier vittorio aureli, que ha dicho que la arquitectura no es diseño sino una forma de conocimiento que a veces hace uso del diseño.

hace poco leía un texto del filósofo francés alain badiou cuyo título original es la enigmática relación entre filosofía y política y que se publicó en inglés como filosofía para militantes. badiou escribe que hay dos tendencias en la discusión sobre la verdadera naturaleza de la filosofía. para la primera, “la filosofía es un modo esencialmente reflexivo de conocimiento: el conocimiento de la verdad en el dominio teórico, el conocimiento de los valores en el dominio práctico.” la segunda “sostiene que la filosofía no es realmente una forma de conocimiento, sea teórico o práctico, sino que consiste en la transformación directa de un sujeto.” en ese caso —agrega badiou—, la filosofía no es ni conocimiento ni conocimiento del conocimiento sino que es acción.

curioso, pues, que, en el dilema entre hacer y conocer, haya quienes, en oposición a cierta posibilidad de la filosofía —que sea un acto y no puro conocimiento [o conocimiento puro]— planteen la contraria para la arquitectura, entendiéndola como una forma del conocimiento. tal vez la ambigüedad o la síntesis más que la disyuntiva entre conocer y hacer, sea realmente el problema al tiempo que la solución —ya lo discutían sócrates y fedro al hablar de eupalinos, el arquitecto. seguramente la arquitectura no es pura acción, si entendemos la praxis como el simple ejercicio de un saber anterior y autónomo. pero cuesta también entenderla como conocimiento puro, justo aquél del que cierta filosofía quiere distanciarse para pensarse como acción y transformación. también en el eupalinos paul valery hace que sócrates se pregunte —y nos pregunte—: “construirse, conocerse a sí mismo, ¿serán dos actos o no? y acaso wittgenstein —filósofo y arquitecto— responda cuando escribe que “el trabajo en la filosofía es —como lo es también en buena parte el trabajo en la arquitectura— trabajo en uno mismo, en la propia comprensión, en la manera de ver las cosas (y en lo que uno exige de ellas).”

¿donde se coloca entonces la arquitectura como una forma de conocimiento? en su libro architecture depends, jeremy till también habla del conocimiento en la arquitectura, y lo califica como conocimiento situado, enumerando tres características. primero, implica que ante nuestra práctica tomamos responsabilidad y la colocamos firmemente en la arena política y ética. segundo, es un conocimiento que “encuentra oportunidades en lo particular y no busca resolver problemas con esquemas universales.” y tercero, es un “conocimiento parcial, tanto por no estar completo como por tomar partido. pero esa parcialidad confesada, en toda su honestidad y modestia, no es un déficit sino un extra” —un yo sólo se que no se todo.

2.9.13

¿la quinta avenida o avenidas de quinta?




los viajes ilustran. cierto. a medias. hay que saber ver —bruno zevi escribió un libro que se llamaba casi así: saber ver la arquitectura, y le corbusier subtituló varios ensayos con la frase ojos que no ven. ver no es lo mismo que mirar. "se ve —escribió junichiro tanizaki en su elogio de la sombra— pero también se piensa." a veces. si no pensamos bien lo que vemos caemos en lugares comunes, en apreciaciones a medias. como ésa que quiere que el paseo de la reforma sea nuestros campos elíseos. y no, no lo es.

ayer salió una nota en el excelsior con el encabezado "regenerarán mazaryk, será como la quinta avenida." nos explican que la intención es hacer que mazaryk "esté a la altura de la avenida neoyorquina u oxford street, en londres. y no. no sólo porque la ciudad de méxico está unos 2,200 metros arriba de nueva york o londres —disculpen la mala broma, pero pensé que la propuesta también lo era— sino porque el ingreso per capita en nueva york (unos 50 mil dólares al año) es más del doble que en el distrito federal (18mil, casi igual, eso sí, al de londres —20 mil— aunque supongo que, promedios aparte, peor repartido). pero más allá de datos económicos, comparar imágenes de la quinta avenida o de oxford street con lo que nos prometen hacer en mazaryk nos hace desear que nuestros gobernantes y sus asesores pudieran, si no lo han hecho, hacer un viaje a esas ciudades o, en caso de que ya hayan ido, que vuelvan pero acompañados por un guía que les haga ver bien lo que está pasando.

sí: en la quinta avenida como en oxford street hay tiendas de gran lujo —en los que la mayoría de los neoyorquinos y los londinenses no compran nada; supongo en nuestro caso la exclusividad tendra más tintes de exclusión que en los modelos escogidos. hay edificios con mejores acabados aunque no siempre mejor diseño, con rentas más altas y restaurantes con precios que no siempre son garantía de buena calidad. y hay señoras —o señores— que llegan en metro —sí, aunque compren en saks viajan en metro. también en la quinta, por cierto, esta la museum mile: el metropolitano y el guggenheim, son parte de los museos en esa calle que, por cierto, bordea al central park. en la quinta está el famoso cubo de vidrio de apple, que no es sólo una sucursal de la famosa marca sino su tienda más importante. con todo, la calle en sí no es muy diferente a otras calles de la ciudad. en otras palabras: la quinta avenida no se distingue de otras de la ciudad porque aquellas sean de quinta y ésta de primera.

se dice que en el pasado nos engañaron cambiándonos abalorios por oro y plata, pero según parece la costumbre de deslumbrarse con el brillo fácil es muy nuestra y se nos quedó, combinada con la aspiración muy de burgués del tercer mundo de ser como son allá, pero sólo por encimita. por eso insisto: en vez de criticarlos por dispendiosos, propongamos para cada presidente y gobernador, para cada alcalde y delegado, para senadores y diputados y hasta para los asesores de obras, un buen viaje iniciático donde alguien culto y entendido la haga de su virgilio, explicándoles lo que ven y repitiéndoles, con voz grave, guarda e passa. a ver si así.

23.8.13

echando a perder no se aprende



hace tiempo le oí decir a humberto ricalde que luís barragán, al decidir hacer su casa en tacubaya —dos veces: primero la que hoy es la ortega y luego, al lado, la suya— en vez de en el pedregal, por ejemplo, tomó una posición estética y, quizás —anoto yo— ética: no viviría —seguía humberto— en una nueva colonia adinerada —léase: con nuevos ricos— sino en un viejo barrio tradicional, con casas modestas y entonces prácticamente al borde de la ciudad, aunque cercano al centro y al lado de chapultepec. barragán —ya se sabe— cerró loosianamente su casa hacia el exterior con una fachada más que discreta, apenas abierta por un par de puertas y una gran ventana cuadrada y concentró su atención en los espacios de alturas variables —gesto de nuevo loosiano de compresión y descompresión, sístole y diástole como decía humberto— y en el gran jardín y la terraza en la azotea.

desde finales de los años 40 la zona ha cambiado mucho. se construyó el periférico y se amplió constituyentes —antes madereros, porque por ahí bajaban troncos de árboles hacia la ciudad, según contó francisco serrano. apareció una estación del metro —cuyo defecto es la muy mala calidad urbana de la plaza en que desemboca— y luego se construyeron algunos edificios de vivienda, malos. a tacubaya se la llevó lo mismo que se llevó a casi toda la ciudad y, si me apuran, al país entero: el crecimiento urbano mal planeado sumado al decrecimiento económico no se si, también, fruto de la mala planeación; resultado, pues, de la improvisación y de una forma de corrupción que va más allá del puro latrocinio: corrupción de las ideas, de las formas, de los procesos democráticos para hacer ciudad y, me atrevería a decir —si no fuera por lo problemático de la afirmación— que hasta del gusto.

la “solución” al deterioro se publicó ayer en varios periódicos, como la jornada: “crearán en tacubaya el corredor turístico-cultural luis barragán.” una inversión, dice la nota, de 100 millones de pesos para el “rescate” de comercios, vivienda y el paradero, lo último como parte de una de esas siempre opacas asociaciones público-privadas. por lo que leo entiendo que al proyecto lo apoyan un diputado federal del prd —augustín barrios gómez—, el delegado de la miguel hidalgo —víctor romo— y eduardo aguilar, autoridad del espacio público. lo que se muestra en la imagen presentada por el periódico podría ser una versión arquitectónica de cierta idea gnóstica sobre la relación entre dios y el mundo: casi sin darse cuenta, dios tiene una emanación degradada de sí mismo que produce otra más degrada que produce otra aun menor y así hasta la centésima, que será el creador del mundo —de ahí su infinita imperfección. el proyecto que presumen es así: una mala copia de las versiones de un epígono que se repitió a sí mismo hasta la caricatura: un derivado de mala calidad. el edificio, a todas luces de un tamaño desproporcionado para la zona en que se construirá, repite el gesto de barragán —cerrarse a la calle— pero con torpeza, y va acompañado, se supone, de otros proyectos para hacer peatonal la calle donde está la casa de barragán, la ampliación del mercado y algunas otras cosas que no se muestran, pero que si son tan malas como lo que sí se enseña, anticipan un desastre. ¿por qué se hacen así las cosas?

pensemos en un caso distinto: el high line en nueva york. la historia es conocida y por tanto la abrevio: en 1999 se forma una asociación sin fines de lucro, friends of the high line, para preservar una línea de tren elevado construida en 1934. dicha asociación organizó un concurso en el 2004 —que ganaron james corner, de field operations, y diller, scofidio + renfro— y cuya primera fase se inauguró en el 2009. la segunda está en obra. la transformación que generó este proyecto en su entorno ha sido ampliamente comentada. subrayo tres cosas: se funda una asociación civil para proteger el sitio, se organiza un concurso y se toman 14 años desde las primeras ideas y 9 desde que se tuvo el proyecto para realizarlo. ¿les podría sugerir eso alguna idea a los funcionarios locales y federales, diputados, delegado y a la autoridad del espacio público —sí: público— sobre las maneras, las formas en que se puede hacer un proyecto importante en la ciudad? si no les queda claro se los repito de nuevo: darse el tiempo necesario para la planeación y tomar con absoluta claridad todas las decisiones —lo que en el caso de un proyecto arquitectónico implica un concurso bien organizado— involucrando a la mayor parte de los afectados o beneficiados. mientras las decisiones, las intenciones y los procesos continúen siendo opacos y apresurados, no habrá en méxico ni buena arquitectura ni buen urbanismo sino por accidente. en este caso, por la zona y por las casas de barragán —la de enrique del moral, enfrente, ya fue modificada desafortunadamente—, el proyecto debe tratarse con extremo cuidado y habría que oponernos a decisiones apresuradas, mal planteadas y sin claridad, como, por lo que hasta ahora se ha visto, la que se propone.

líneas, cortes e inserciones



además de la exposición de le corbusier —y el paisaje moderno, que es el título completo—, en el MoMA se presenta otra, en el piso de arquitectura y diseño, titulada cut ‘n’ paste. la traducción usual sería cortar y pegar —ya que se hace referencia a esa acción que permiten muchos programas, sea al trabajar con textos, imágenes o sonidos— aunque insertar —que también es un comando del menú de muchos programas— funciona mejor en este caso, según yo. dedicada al uso del collage y sus efectos, no sólo gráficos sino en la concepción de la arquitectura, se puede ver que más que pegar, en esos collages se inserta algo: no sólo una fotografía en otra, un pedazo de papel con textura o unas líneas dibujadas, sino la información que se va con eso. como parece dijo Max Ernst: no es la cola lo que hace al collage. es la colisión. no se pega, pues: se inserta. el collage tiene sin duda algo de cita y toda cita lleva su propia historia a cuestas.

el subtítulo de la exposición es del ensamblaje arquitectónico a la ciudad collage y empieza con mies —y sus famosos collages donde a veces un plano de color hace todo el trabajo sobre una foto, o unas líneas que marcan casi por omisión la presencia de la arquitectura—incluye algo de le corbusier, pasa por collin rowe y la idea misma de la ciudad como collage y llega a koolhaas —con sus obvias referencias miesianas— y diller y scofidio, aun sin renfro. en referencia a éstos es que incluyo la línea, obviamente por el high line. relacionar este proyecto en el suroeste de manhattan con la exposición del MoMA no resulta sólo de haberlas visitado el mismo día —en el orden inverso: primero caminé el high line y luego fui al MoMA— y de encontrar trabajo de los autores de aquél en la exposición, sino del efecto que finalmente tienen los cortes y las inserciones en la arquitectura y la ciudad. más allá de la técnica gráfica con la que hayan presentado en su momento el proyecto, la idea de sumar un parque —que de algún modo ya estaba ahí en la vegetación que había crecido sobre unas vías abandonadas—, unas plazas, un camino y algunas otras estructuras al tejido de la ciudad es una forma de collage urbano. Si no del que teorizó collin rowe, si una demostración de que esas yuxtaposiciones de formas y de usos no sólo son lo normal en una ciudad sino que, a la larga, terminan por fundirse con el contexto en el que se insertaban. y aunque iba a escribir: a la larga, con suerte y si son buenos, creo que el efecto de la ciudad es un poco eso: incluso sin suerte y no tan buenos, los proyectos urbanos terminan formando parte de una estructura mayor que los absorbe. al recorrer el high line se pueden ver los efectos de una línea que, en principio, cortó y luego fue armada como una inserción de proyectos distintos pero que de algún modo se relacionan al ser a veces unos consecuencia de otros. hoy el resultado urbano de esa inserción —que en parte resultó de la oposición de un grupo a que se demoliera una infraestructura abandonada y al muy buen proyecto que, resultado de un concurso, se implementó— es notable —aunque siempre es arriesgado pensar como ejemplo urbano algo que pasa en una ciudad, manhattan, gentrificada casi por completo de norte a sur y de este a oeste. como explicó xavier rubert de ventós, el contexto —me parece que el decía que el de un rascacielos, pero da igual— no es lo que rodea al edificio sino lo que produce el edificio: no está antes, viene después.

11.8.13

mucho más ética y otra estética



“es muy difícil dibujar una línea, ¿qué está bien y qué está mal?” dijo dame zaha hadid no en referencia a sus barrocos edificios —o zapatos— sino cuando le preguntaron por qué diseñó el centro cultural heydar aliyev en baku, azerbaiyán.

aun quienes no somos muy versados en política internacional, muchos en la ciudad de México sabemos bien quién fue el señor aliyev: tercer presidente de azerbaiyán, entre 1983 y el 2003, cuando murió. antes, de 1969 a 1982, fue también líder de azerbaiyán pero cuando aun era parte de la unión soviética y antes de eso, fue el jefe de la kgb de esa república. y lo sabemos porque el gobierno actual de azerbaiyán —liderado por el hijo de aliyev, quien quedó como presidente a la muerte de aquél— ha invertido mucho trabajo y dinero en construir la imagen de un gran líder ahí donde muchos ven a un dictador o peor, a un criminal. parte de la campaña tuvo lugar en la ciudad de méxico, donde, sobre el paseo de la reforma, a la entrada del bosque de chapultepec, se levantó un grotesco monumento en honor del extinto presidente azerbaiyano. al principio quizá para muchos no fue sino otra muestra del mal gusto que exhiben la mayoría de los gobernantes al elegir los monumentos que adornan nuestras ciudades, sea un sebastián o un aliyev, hasta que algunos comentaristas políticos y activistas de la ciudad repararon que en reforma, a unos pasos de monumentos en honor churchil o gandhi, no era lugar para aliyev. la oposición al monumento creció, ante la incapacidad del gobierno local siquiera para explicar su decisión, y llegó incluso a la prensa internacional.

el gobierno de ebrard salió con más pena que gloria en ese asunto —aunque hubo cosas peores como el segundo piso o la línea dorada del metro: inaugurados a medias y con malos acabados— y el de mancera se encargó, por boca de cuauhtémoc cárdenas, coordinador de asuntos internacionales del gobierno del df, de anunciar el retiro del molesto monumento.

por eso, dada la reacción ante una fea escultura en méxico, me sorprendió —aunque es sólo un decir— que una arquitecta reconocida y premiada mundialmente hubiera aceptado el encargo de un centro cultural con el nombre de aliyev. a lo que cité al principio de este texto dame zaha hadid añadía que ella “no haría una prisión” —lo que me hace recordar lo que escribí aquí la semana pasada— y que “tal vez no querrías hacer la casa para un dictador, pero los gobiernos cambian. y no importa quién mande si [el edificio] ayuda a la gente.” ¿en serio?

hace poco leía una dura crítica de michael sorkin a leon krier por el libro que éste dedicó al trabajo de albert speer, el arquitecto de hitler. como parte de su defensa del clasicismo y su ataque a cualquier aspecto de la modernidad en arquitectura, krier decidió elogiar la obra de speer más allá de su participación en el régimen nazi —speer no sólo fue el arquitecto de hitler sino su ministro de armamento. en los juicios de nuremberg speer fue encontrado culpable de sólo dos de cuatro cargos y sentenciado a cadena perpetua en vez de a muerte. más allá del grado de culpabilidad de speer en crímenes de guerra—hoy muchos afirman que mintió en el juicio para evitar la pena máxima—, sorkin piensa que no se puede hacer lo que intenta krier: separar la arquitectura de la política y hablar —gustos o estilos aparte— de la arquitectura de speer como si no hubiera sido hecha al servicio de un dictador. no se puede decir, por ejemplo, “los gobiernos cambian y no importa quién mande si el edificio ayuda a la gente.”

por supuesto dame zaha hadid no está en la misma situación de speer, aunque sí acaso en la de mies y sus intentos de quedar bien con los mismos nazis —cuando se dio cuenta de que éstos preferían el pesado neoclásico de speer prefirió hacer las maletas y emigrar a chicago— o le corbusier poniéndose al servicio del régimen de vichy —en una carta a su madre escribió “si va en serio con sus declaraciones, hitler puede coronar su vida con una obra magnífica: la reconstrucción de europa.” la lista podría seguramente alargarse e incluir a terragni trabajando para los fascistas en Italia o, más recientemente, a koolhaas con el gobierno chino. en el caso mexicano es conocida la complacencia de bastantes arquitectos con el régimen durante muchas décadas del priismo antes del retorno y no creo que ahora las cosas cambien.

tal vez sea un problema de la arquitectura —que representa siempre a quienes dominan y ejercen el poder, según decía georges bataille. o como analiza sylviane agacinski, tal vez se deba al encanto que ejercen sobre los arquitectos —que se sueñan como autores maestros de la forma— los dictadores* o simplemente los políticos hábiles aunque poco escrupulosos —quienes autoritariamente conforman a la sociedad según sus designios. o tal vez, como pregonaba el título de la bienal de venecia que dirigió hace algunos años massimiliano fuksas, sea que los arquitectos debemos dejar de lado la estética —o, más bien, esa plana espectacularidad que la ha sustituido— y abrazar un poco más la ética.

*terminado este texto pedro hernández me hizo notar esta entrevista a frank gehry donde tuvo el desatino de decir: "la democracia, obviamente, es algo que no queremos perder, pero es cierto que crea caos. quiere decir que el tipo de al lado puede hacer lo que quiera, y crea una colisión de pensamiento. en las ciudades, eso significa que la genete puede construir lo que se les de la gana. pienso que lo mejor sería tener un dictador benévolo que tenga buen gusto. puede que haya sido una broma, pero muchos arquitectos no reparan en la legitimidad de las decisiones de un gobernante o de un gobierno cuando ellos resultan beneficiados. mucha estética y poca ética, pues.

la mala arquitectura


acabo de leer una crítica de juan carral al planetario de cancún que se inauguró el 19 de julio. en el sitio oficial se puede leer que "su diseño se define con elementos del cosmos a través de formas concéntricas que jerarquizan al sol como punto nodal en la sala principal de proyección, representando a su vez los círculos concéntricos del calendario maya." también ahí se afirma que ese edificio "responde a la modernidad de la era digital actual" y que por eso "sus espacios arquitectónicos son funcionales e innovadores." en una nota del universal se afirma que cuenta, además, con tecnología de quinta generación. no lo he visitado, pero por las fotos que he visto lo único que puedo decir es que, pese a la descripción oficial, el edificio cuenta con una arquitectura también de quinta —y no generación, precisamente. copio aquí algo de lo que comenta juan carral del edificio:
"¡qué decepción visitar el nuevo planetario de cancún. hace mucho no me tocaba ver un edificio público con tan mala calidad arquitectónica y urbana. ¿quién asignó este proyecto a ese tipo? ¿quién lo aprobó? ¿quién dijo que estaba bien dar la espalda a la casa de la cultura? ¿quién no levantó la mano y dijo: esa plaza al poniente va a estar imposible? ¿por qué tenemos que seguir tolerando que se gasten recursos para edificios terribles para la gente y la ciudad? ¿quién permitió tirar los árboles para dejar un jardín a medias?
esta construcción de concretos estampados, tablarrocas, porcelanatos, no aporta nada ala ciudad, no aporta nada al encuentro de los ciudadanos ni al estudio y amor por los planetas. no se emplaza bien en un sitio privilegiado.
puedo suponer que el creador, arquitecto chulim canul, es hermano o familiar del subdirector de servicios educativos de quintana roo, de mismos apellidos, lo cual me aleja mucho de pensar que pudiera haber sido seleccionado mediante concurso, en serio, no de los que se arreglan para asignar directo el trabajo.
no necesitamos grandes arquitectos para hacer edificios que sirvan a la gente, que hagan sombra en los lugares adecuados, que estén abiertos a las situaciones que se generan en la ciudad, que respeten los árboles existentes y que reflejen una forma de construir contemporánea y a la vez local. 
por lo que se puede ver en las fotografías, este edificio no sólo tiene un diseño absurdo y mediocre —hasta con el logotipo tienen problemas y acusaciones de plagio— sino una manufactura que deja mucho que desear. y si bien cancún no es el lugar para esperar buena arquitectura mexicana —o, simplemente, buena arquitectura— es una pena y una vergüenza que, como apunta juan, una vez más se de el caso de un proyecto público, asignado de manera directa —con razones para sospechar que hubo cierto nepotismo— y con un resultado deplorable. quedan dos cosas por hacer: exigir que se investiguen las condiciones en las que se desarrolló este proyecto y, sobre todo, seguir trabajando como gremio para que en este país los proyectos de obra pública dejen de ser un terreno pantanoso con decisiones poco claras, propuestas nada eficientes, costos exorbitantes y gobernantes que festejan lo que debiera avergonzarlos. la cuestión es simple: ningún proyecto de obra pública debiera asignarse sin que mediara un concurso.


4.8.13

ni vigilar ni castigar



“el centro federal de reinserción social que se construye en la costa de chiapas se edifica en una zona inundable. para colmo, la obra, que tiene un costo superior a los 4 mil 400 millones de pesos, lleva ya un año de retraso.” esa nota aparece hoy en el periódico reforma y explica que mientras “el rio vado ancho está a una altitud de entre 57 y 73 metros sobre el nivel del mar,” el terreno donde se construye el penal está sólo a 54, lo que “obligó a rellenar esas áreas con incalculables toneladas de tierra, además de reencauzar arroyos y abrir canales para favorecer el desfogue de corrientes."

la breve nota da material para preguntarnos muchas cosas. primero, claro, cómo se deciden ese tipo de proyectos y a qué tipo de planeación responden, si alguna. es uno más de tantísimos ejemplos de obra pública a medio construir, con retrasos y sobre costo, y con todas las características de un timo. la misma historia se repite tantas veces —desde la prisión a la autopista, o de la escuela a la cineteca— que por momentos entiendo y suscribo uno de los comentarios que un lector hizo: “méxico no tiene futuro, seamos objetivos.” pero la nota también sirve para preguntarnos sobre el papel de los arquitectos —y de la arquitectura en general— en este tipo de proyectos, ¿debe un arquitecto aceptarlos? y no lo pregunto —o no sólo— en términos de su participación en la estafa, sino en algo que va más allá.

hace unos días leopold lambert publicó en su blog, the funambulist, una entrada titulada ¿diseñar una prisión o no diseñar una prisión? ¿qué tal un juramento hipocrático para arquitectos? la pregunta que hace lambert parte de su propio trabajo sobre foucault, para quien la prisión era un complejo dispositivo cuyos efectos finalmente iban más allá de la estructura material de una cárcel y precisamente por eso puede considerarse como un dispositivo: “un conjunto heterogéneo que incluye virtualmente cualquier cosa, lingüística o no, discursos, instituciones, edificios, leyes, proposiciones filosóficas; el dispositivo es en sí la red que se establece entre esos elementos” —según explica giorgio agamben, también a partir de foucault. pero va más lejos de la prisión. “no a cualquier arquitecto —escribe lambert— se le pedirá participar en el diseño de una prisión, pero cualquier arquitecto enfrentará el mismo dilema en una versión más o menos sutil.” el dilema, dice, está al pensar que “toda estrategia política está basada en la misma pregunta: ¿puede un conjunto de reformas mejorar esencialmente a la sociedad o son sólo un arreglo cosmético para disimular las relaciones reales de poder?” la pregunta la resume lambert en un dilema con ecos corbusianos: ¿reforma o revolución?

robin evans —cuya tesis doctoral llevó el título la fabricación de la virtud: la arquitectura de las prisiones inglesas, 1750-1840— publicó en los años 70 un ensayo titulado towards anarchitecture —también con ecos corbusianos, jugando con la traducción al inglés de vers une architecture. en su ensayo, evans entiende la arquitectura como una forma de control mediante sistemas físicos que interfieren en el entorno construido. las interferencias pueden ser de tres tipos: positivas, cuando permiten más acciones de las que antes eran posibles sin restringir las ya existentes; negativas, cuando en cambio restringen acciones posibles sin agregar ninguna nueva —la prisión es un ejemplo de este caso—; y sintéticas: impiden algunas acciones y permiten otras nuevas. evans dice que casi toda la arquitectura está en este último tipo.

lambert, sin hacer referencia directa al planteamiento de evans, se pregunta si los arquitectos pueden —o deben— diseñar interferencias negativas o si, como los médicos, debiera haber algún tipo de juramento hipocrático para arquitectos que estableciera que “no deben de manera deliberada participar en la concepción de un diseño que deliberadamente dañe los cuerpos que cobijará.” a eso, que ya es mucho, se le podría sumar algo más: los arquitectos no deberán con su trabajo suscitar ideas como la apuntada más arriba —seamos objetivos: no tenemos futuro— o como el segundo comentario que acompaña a la nota del periódico: “está bueno, para que se ahoguen y así sean menos delincuentes.”

30.7.13

bicis y banquetas



hace poco empecé a ver en el f.b. de varios amigos esta campaña: bicis por las aceras, no. y bueno, cuando uno anda en bici no está bien hacerlo por la banqueta, pero ¿es un problema tan grave como para iniciar una campaña? ya se, por ahí alguien habló de un par de muertos por haber sido atropellados por ciclistas que, a toda velocidad, iban por la banqueta. y eso está mal, muy mal, sin duda. pero, aunque no es una disculpa de los infractores, ¿cuántos muertos, cuántos heridos hay cada día por autos, camiones, micros y autobuses que no respetan las reglas de tránsito? 

el tema no es si unos pueden violar reglas y otros no, sean los primeros ciclistas y los segundos automovilistas o al contrario, sino el objetivo y las razones de la intensa campaña. no se cuál sea la experiencia de quienes la iniciaron ni de mis amigos que se sumaron a ella, pero yo no he visto que los ciclistas en las banquetas sean realmente una plaga —y he puesto más atención en eso desde que vi esta imagen. los hay: como peatón me he topado con algunos, pero —será buena suerte la mía— han sido poquísimos, insignificantes estadísticamente en relación al número de ciclistas en la ciudad. la razón esta a la vista o, mejor, a los pies: las banquetas en esta ciudad son intransitables a pie y circular en ellas en bici es complicadísimo.

el enojo ante los ciclistas infractores —no sólo porque circulen en las banquetas, sino porque lo hacen en sentido contrario, porque se pasan los altos o porque no usan casco [lo que no exige ningún reglamento y hay ciclistas en ciudades donde sí es obligatorio su uso que incluso cuestionan su eficacia, pero eso es otro asunto]— ha sido en parte alimentado por ese programa de espectáculos —que no son otra cosa hoy la mayoría de los noticieros en la televisión— conducido por joaquín lópez doriga, con "reportajes" como éste, donde se responsabiliza a un ciclista —que lleva a un niño y a un perro— por ser atropellado o este otro, sin pies ni cabeza, de incongruente final, donde también los ciclistas son los responsables. al siguiente fin de semana de esa nota, lopez dóriga tuiteó esta foto:


"sí respetan la ciclopista", dice. y lo vemos montado en su bici disfrutando de un gran domingo. lo bueno hubiera sido que la poco ducha reportera de las notas anteriores comprobara cuántas veces hay autos estorbando en la ciclopista de reforma y en otras de las pocas que existen en al ciudad. también podría —y es un trabajo realmente fácil— grabar cuántas veces los autos se estacionan en las banquetas —que si son difíciles de caminar o recorrer empujando una carriola, resultan entonces imposibles de usar—, o cuántas veces, cuando ya no es posible pasarse la luz roja, se paran sobre el paso peatonal, o dan vuelta sin siquiera ver si algún peatón intenta cruzar la calle, y más, mucho más. la cantidad de violaciones cotidianas al reglamento de tránsito por parte de automovilistas es abrumadora, y la impunidad con la que se desenvuelven no es menor: es, a mi juicio, una muestra más del abuso de poder que acostumbramos en este país.

la auténtica campaña que hace falta es contra esa minoría —pues, pese a su cantidad, los usuarios de autos particulares siguen siendo una minoría en la ciudad. una minoría que, insisto, impunemente ocupa y usa el espacio público a su antojo, imponiéndose literalmente por la fuerza —vean si no a los peatones atemorizados intentando atravesar la calle en un crucero donde los autos dan vuelta a toda velocidad. a esa campaña deberían sumarse todos los medios, pero también la autoridad responsable —hasta ahora irresponsable: ¿cuántas veces no hemos visto a patrullas de tránsito manejar de la misma manera abusiva que otros automovilistas?—, haciendo que se cumplan las reglas y también deben sumarse los peatones —y los ciclistas— exigiéndolo. hay —usaré ese horrible pero preciso término prestado del inglés— que empoderarnos como peatones —y como ciclistas. recuperar las banquetas y las calles no es cosa menor, no por lo que exige pero tampoco por lo que ofrece.