tras lo del arco recordé haber leido en eikongraphia la distinción que hizo sylvia lavin entre simbolismo o representación y desempeño o performance en una conferencia en el berlage. según el blog, lavin ejemplificó la diferencia con un par de dildos, uno simbólico y otro diseñado para un mejor desempeño –"habló por su propia experiencia".18.5.09
representación y desempeño
tras lo del arco recordé haber leido en eikongraphia la distinción que hizo sylvia lavin entre simbolismo o representación y desempeño o performance en una conferencia en el berlage. según el blog, lavin ejemplificó la diferencia con un par de dildos, uno simbólico y otro diseñado para un mejor desempeño –"habló por su propia experiencia".14.5.09
luz segura : condón para focos

desde dezeen esta idea del diseñador ingo maurer. por considerar que los focos traslúcidos o satinados iluminan menos que los transparentes, las nuevas normas europeas prohibirán el uso de los primeros. maurer dice que la diferencia entre la capacidad lumínica de ambos focos, medida en lúmenes, es mínima y la normativa una tonteria. para protegerse de tal estupidez y poder tener focos blancos, traslúcidos, maurer ha diseñado este condón para focos hecho de silicón resistente al calor.
13.5.09
por quién no voy a votar
9.5.09
no al príncipe
No en todos lados se cuecen igual las habas y hay lugares donde arquitectos reconocidos se atreven a decirle no al príncipe. Aquí la carta y los nombres de otra comunidad de arquitectos:7.5.09
la educación profunda

En una nota en sus Escritos sobre Leonardo da Vinci, Paul Valéry escribe: la educación profunda consiste en deshacer la primera educación. La educación profunda y –aunque así no lo diga Valéry– auténtica, definitiva, viene después de la primera, superficial y provisional. La deshace, la desmantela; si la palabra hubiese estado de moda entonces, Valéry tal vez hubiera dicho la deconstruye. Comienza diciendo: “la mayoría de la gente ve con el intelecto mucho más a menudo que con los ojos”. Lo que vemos se conforma a lo que sabemos y no a lo que está ahí “realmente”, “afuera.” “Una forma cúbica, blanquecina, alta y horadada por reflejos de cristal es para ellos –dice–, inmediatamente, una casa: ¡la casa! Idea compleja, concordancia de cualidades abstractas. Si cambian de lugar las ventanas y la traslación de superficies que desfigura continuamente su sensación, se le escapan… pues el concepto no cambia. Perciben más bien según un léxico que según su retina.” El postulado de Valéry puede resumirse en que somos educados para ver lo que debemos ver y no vemos lo que podemos ver. Lo que realmente está ahí para ser visto, tiene una trayectoria larga y compleja en la historia de la filosofía de la percepción. Lo más interesante es que Valéry vincula al intelecto que estorba la visión pura de las cosas con una educación, la primera, cuyos efectos otra, la profunda, puede desmantelar. Valéry sigue de algún modo a cierta fenomenología moderna que se empeñó en entender la percepción antes de cualquier juicio, que siempre es un prejuicio inducido por una historia cultural o, dicho de otro modo, por una educación.
La versión radicalmente opuesta del mismo problema –el de la visión y la educación– sostiene que sin intelecto nada veríamos; que si la visión no es inteligible simplemente no es visión. Por ejemplo, en su cuento El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Oliver Sacks presenta al Dr. P., un músico notable afectado por agnosia visual: la incapacidad de reconocer lo que ve como lo que es. El Dr. P. describe una flor como una forma roja y con circunvoluciones dotada de un soporte lineal de color verde, incapaz de reconocerla como flor. Precisamente porque el Dr. P. veía sólo con los ojos y no con el intelecto, Sacks concluye que carece de la facultad de ver. No sólo la mayoría, toda la gente –normal, sin afecciones como la del Dr. P.– ve con el intelecto y no con los ojos o, precisando: la visión humana no se da en el puro ojo sin intelecto.
No podemos ver en tanto humanos, pues, si no somos educados, producidos, construidos a ver en tanto humanos. “Si los seres humanos nacieran humanos –dice Jean-François Lyotard en su libro Lo inhumano–, como los gatos nacen gatos (con pocas horas de diferencia), no sería, ni siquiera digo deseable, lo cual es otra cuestión, sino únicamente posible educarlos. Que deba educarse a los niños es una circunstancia que no proviene más que del hecho que no están del todo dirigidos por la naturaleza, ni programados.”
Sea pues: no nacemos siendo humanos, no tenemos (una) naturaleza. Nos auto-producimos y co-producimos en tanto humanos. La educación, la cultura y la política –que bien entendidas son lo mismo– se encargan de eso. El filósofo alemán Peter Sloterdijk dice: la política es el arte de una comunidad humana de repetirse en otras generaciones. La producción de humanos complementa y suplementa la reproducción fisiológica de homínidos bípedos y más o menos lampiños.
¿Se equivocó Valéry? No del todo. Recordemos que escribe lo citado hablando de Leonardo, que como muchos otros creadores –aunque no sea norma – se niega a reproducirse para dedicarse con mayor ímpetu a la producción de humanidad. Cómo se puede ver –oler, sentir, oir– más –no mejor, no lo real o lo auténtico: más-: deshaciendo la primera educación mediante otra, profunda, complemento y suplemento de la primera. En otra nota al mismo párrafo, Valéry dice que “una obra de arte debería enseñarnos siempre que no habíamos visto lo que estamos viendo”. Que no lo habíamos visto no porque ahora veamos lo que realmente es sino, simplemente, porque ahora vemos más; en otras palabras, porque ahora hay más ser.
Ésa es la compleja y muchas veces turbulenta relación entre creación y educación. La educación nos enseña a ver, nos hace ver, pero condicionándonos a reconocer siempre lo mismo, del mismo modo y bajo las mismas condiciones. Sin la creación, la educación se agota encerrada sobre sí misma. La creación sirve para reconocer lo otro y así ampliar, agrandar nuestro mundo. Sumemos a lo dicho por Valéry las ideas de otro poeta francés, el precoz y temible Rimbaud: la educación profunda procede –como el poeta– “por medio de un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos”, o, mejor, del sentido de todo lo sentido. ¿Para qué? Para poder sentir más y con más sentido.
Largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. Tanto quienes privilegian cierta sensibilidad exacerbada como explicación de la creatividad, como quienes se adhieren a particulares formas de desarreglo de ella, generalmente se despreocupan de la primera parte: la exigencia de un proceso largo, inmenso y, sobre todo, razonado –y por lo mismo razonable. El que el largo, inmenso e intenso proceso de educación profunda, de desarreglo de todos los sentidos, que nos permite sentir más y darle otros sentidos a lo sentido sea razonable implica que sea comunicable, compartible, dotado de cierta(s) lógica(s), es decir, de logos: la forma propiamente humana de producir sentido. El desarreglo de los sentidos, pues, sólo tiene sentido si, al final de tal proceso, el sentido o, mejor: los sentidos, resultan enriquecidos, multiplicados y de forma tal que puedan comunicar a su vez más sentido: enseñándonos el sentido de sentir lo que estamos sintiendo.
Texto aparecido en tomo
6.5.09
el crítico y el medium (no le toca a saarinen)


- El Arco debía ser un símbolo. En esta guerrilla de (im)precisiones semánticas –qué es un arco, qué no– hay que recordar que los gobiernos Federal y de la ciudad de México convocaron a un concurso para el anteproyecto de "un Monumento (Arco) conmemorativo de la celebración del Bicentenario de la Independencia de México." En el mismo punto de la convocatoria se aclaraba que esa "obra Monumento (Arco)" debería "ser un hito urbano-arquitectónico, emblemático del México Moderno y un espacio de conmemoración en el Paseo de la Reforma." No se habló en ninguna parte de un símbolo.
- Una obra no es un símbolo. El jurado –dice Toca– "no se dio tiempo para saber distinguir entre un símbolo y una obra." Unas líneas antes Toca habla de "la diferencia fundamental que hay entre un edificio y un símbolo." Asumo entonces que usa obra como sinónimo de edificio o construcción y no en el sentido, que resultaria equívoco para su afirmación, de obra de arte –las que de hecho pueden ser simbólicas. Pero también un edificio o una construcción pueden ser simbólicos. Es uno de los argumentos de la teoría estética de Hegel, por ejemplo, donde habla específicamente de arquitectura simbólica. También es uno de los argumentos de Robert Venturi y Denise Scott Brown al dividir la arquitectura entre edificios o construcciones "pato" –"cuando los sistemas arquitectónicos de espacio estructura y programa quedan ahogados y distorsionados por una forma simbólica global"– y tinglados decorados –"cuando los sistemas de espacio y estructura están directamente al servicio del programa y el ornamento se aplica con independencia de ellos" o no se aplica. La distinción fundamental entre edificio y símbolo que apunta Toca no es, entonces, tan clara. Al contrario, esa diferencia articula de cierto modo aquella entre mera construcción y arquitectura y ha sido críticamente cuestionada e incluso invertida por lo menos desde hace un siglo.
- Si Saarinen no hubiera muerto. Toca retoma la anécdota de Eero Saarinen llegando tarde al jurado de la Ópera de Sidney y rescatando el proyecto descartado de Utzön porque era el mejor símbolo para la ciudad. Toca afirma que el Ar(c)o de Pedro Ramírez Vazquez y Fernando Romero "es el símbolo que la ciudad de México necesita." Como "desgraciadamente Saarinen no fue parte del jurado" del Arco, Toca nos revela que ese proyecto no sólo es "el favorito de la mayoría" y, por supuesto, el suyo, sino que es "el símbolo que ese lugar debía tener." ¿Por qué? Porque es "un círculo de esperanza, identidad y unidad: una verdadera utopía que ahora necesitamos desesperadamente." Lástima que ni Saarinen, ni Toca, el nuevo Saarinen o, quizás, el medium que nos transmite las enseñanzas del maestro, fueran parte del jurado.
el arco y el cerco
Aunque evidentemente opacado por la alerta sanitaria, el concurso para el Arco del Bicentenario sigue dando de qué hablar. El recuento puntual de Miquel Adriá que apareció en estas páginas un día después del fallo del jurado dejó bastante claro el asunto. Agrego unos cuantos comentarios al tema, empezando por la pertinencia del famoso arco.
El argumento de José Manuel Villalpando, coordinador nacional de los Festejos del Bicentenario, resulta tan ridículo que cae por su propio peso. “Creemos que es fundamental –dijo. La ciudad de México carecía de un arco, no hay un arco triunfal, un arco que represente quizás la unidad, quizás los valores más altos de la humanidad y que en las grandes capitales del mundo existen.” Tampoco tenemos, por ejemplo, río, lago o frente de mar, como muchas grandes capitales. Pero retomar el proyecto de la ciudad lacustre suena complicado, exige habilidad política y, seguramente, no estará listo para inaugurarse en el 2010.
Por las propuestas entregadas, parece que buena parte de los 37 arquitectos democráticamente invitados al concurso, incluyendo al ganador, pensaron que tal cómo estaba planteado el concurso –sea en cuanto al sitio, sobre el eje de Paseo de la Reforma, o a la tipología, un arco– era una mezcla de necedad y torpeza. Prácticamente ninguno lo dijo. Jugaron –como ya dijo Miquel Adriá– a hacer lo que pensaron estaba bien sin decir lo que pensaban estaba mal. A los arquitectos no nos gusta ser críticos del poder.
La abrumadora mayoría de los 37 sigue pensando lo monumental como sinónimo de vertical y grande, como si, en asuntos de arte, arquitectura y urbanismo los últimos 40 años del siglo 20 no hubieran existido. Sólo tres propusieron otras formas de monumentalidad, horizontales, no representativas ni simbólicas. En algunos años, una historia crítica y objetiva del arte mexicano de la última mitad del siglo pasado nos dirá, quizás, que la escultura monumental no era lo nuestro. Piénsese en la Cabeza de Juárez, en el Coyote de ciudad Neza o en las viboritas de Mixcoac. También dirá, probablemente, que tratándose de monumentos los arquitectos eran peores escultores.
Con todo, pese a las maniobras de una anónima comunidad de arquitectos abajofirmante, el jurado escogió a uno de los mejores proyectos en la línea “alto, grande, con su dosis de simbolismo pero abstracto”, que probablemente dejaría medianamente satisfechos a quienes hicieron el encargo, a la otra comunidad de arquitectos –la que da nombres– y al público en general. Pero no fue así.
El público parece estar entre confundido y enojado con la elección. No es un arco y el concurso pedía uno. La defensa no ha sido del todo clara. Villalpando calla. Ernesto Alva dijo que “hay otras maneras de pensar un arco” y el único que lo ha dicho con claridad ha sido Felipe Leal: “no es un arco… la forma no importa.” Javier Ramírez Campuzano, hijo de Pedro Ramírez Vázquez –quien, con Fernando Romero, quedó en tercer lugar–, piensa que el ganador, que no es un arco, debiera ser descalificado. Seguramente piensa también que se debe descalificar al segundo lugar, pues no es un arco. Como en concurso de Miss Universo o en Olimpiada, así el tercero ocuparía el primero –aunque siendo estrictos tampoco se trate de un arco, esto es, un segmento de curva, sino de un anillo, la curva completa, cerrada. Digamos que, entre arquitectos, hay algunos que cuando no reciben una asignación directa arrebatan.
4.5.09
refugios temporales

el mapa del dr. snow

- Colocar los datos en un contexto apropiado para poder evaluar la relación entre causa y efecto
- Hacer comparaciones cualitativas –cuándo, por ejemplo, 616 muertos son demasiados: si las defunciones tienen lugar en un radio de pocos cientos de metros y en tres o cuatro semanas el problema es distinto a si es el resultado en un barrio o en una ciudad y a lo lalrgo de un mes o de un año.
- Tomar en consideración expliaciones alternativas y casos contrarios. Snow mapea incluso casos que parecen contradecir su teoría de la transmisión del cólera por agua contaminada. Snow registra el caso de una mujer muerta por la epidemia que vivía a una distancia considerable de Broad Street, epicentro de la enfermedad. Tratando de explicar el caso que aparentemente contradecía su teoría, Snow descubre que diariamente esta mujer enviaba un coche a llenar una botella de agua en la fuente de dicha calle, pues prefería su sabor.
- Valorar los posibles errores en los números reportados en las gráficas.
26.4.09
25.4.09
atmósferas
Olafur Eliasson interviniendo el Kunsthaus de Bregenz de Peter Zumthorel culto postapocalíptico a los monumentos

1.4.09
la mala educación
Lo anterior podría significar cosas distintas. Que profesores y empleadores -quienes, esquemáticamente, "saben más"- tienen en mayor estima a la universidad que los alumnos colocan en quinto lugar. O que buscan en los egresados características distintas a las que estos valoran en su educación. O que los alumnos de la UNAM son más exigentes con su propia escuela que aquellos de las cuatro universidades que la aventajan. O todas las anteriores. O ninguna. O algunas combinaciones que aquí no aparecen.
Soy egresado de La Salle -confesión que nunca hago sin reservas- y profesor en la Ibero, además de haberlo sido en un par de universidades privadas más -el Tec y la Anáhuac del Norte- y fugazmente en la Facultad de Arquitectura de la UNAM. Y aunque no tenga mayor peso mi opinión basada en esa experiencia que el resultado de una encuesta, me cuesta concederles a esos datos otro valor que el de revelar prejuicios combinados de estudiantes, profesores y empleadores.
Por coincidencia encontré hace unos días un artículo publicado también en este diario en enero del 2008 con declaraciones de Andreas Schleicher, director del Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes de la OCDE. El título era por demás claro: "Critica OCDE simulación ante fallas en enseñanza". El artículo seguía al glorioso cuadragésimo noveno lugar que ocupó México -entre 57 países- en la mentada evaluación. Schleicher afirmaba que los bajos resultados implicaban la imposibilidad para "distinguir entre ideologías, creencias o ideas", el escaso desarrollo del conocimiento científico y el privilegio de la memorización sobre el razonamiento. Visto así, los resultados de la encuesta poco importan: la mala educación es endémica aquí.
En México hay más de un centenar de escuelas de arquitectura, y quienes estudiamos o enseñamos en algunas de las que ocupan los primeros lugares del hit parade debemos entender y asumir el peso del término usado en el encabezado de la entrevista a Schleicher: simulación. Seamos claros: la enseñanza de la arquitectura en México deja mucho que desear, en parte porque primaria, secundaria y preparatoria dejan mucho que desear.
Y también porque, en general, la arquitectura en México deja mucho que desear. No diré que no hay buenos arquitectos en México, los hay. Pero eso no implica el buen estado de la arquitectura como disciplina, como forma cultural y su enseñanza -y lo que debe acompañarla: investigación, producción de conocimiento, etc. Me enfada coincidir con el conservador antidemocrático, pero es un hecho que la calidad académica o educativa no es algo a determinar mediante procedimientos estadísticos. Basta de simulaciones y, cada uno -alumnos, profesores y empleadores- réstenle a la calificación de su escuela el número que pensaron y divídanlo entre dos.
P.S. A la salida del concierto de Radiohead el domingo antepasado, 40 ó 50 mil personas nos encontramos en la calle a media noche con el metro cerrado y ningún tipo de transporte público disponible a la redonda. Algunos taxistas hicieron su agosto cobrando lo que quisieron y hubo incluso microbuses de a veinte pesos. No puedo entender cómo un gobierno tan preocupado por tener a sus ciudadanos de regreso en sus camas a las 3 de la mañana no tenga ningún plan especial de transporte para un acontecimiento del que dudo no hayan tenido noticia. Sólo se me ocurren dos posibilidades: incompetencia o desinterés.
4.3.09
el arco
Arco triunfal dibujado por Adolf Hitler en 1925 (algo más sobre Hitler y su arco en Cabinet)Era de esperarse. El Gobierno Federal y su contraparte capitalina, pese a sus notorios y conocidos desacuerdos, tuvieron un punto de encuentro en la ocurrencia de celebrar el Bicentenario con un anacrónico monumento sobre Reforma, a la entrada de Chapultepec, a unos metros del que festejó el primer siglo de la independencia nacional -como si las cosas no hubieran cambiado en 100 años. Probablemente a los respectivos asesores de cada gobernante les fue imposible convencerlos de que, cual cada uno declaró en su momento, un paliativo a la crisis económica es la inversión en infraestructura y que podían seguir bautizando cada nuevo puente, presa, línea de metro o pavimento de banqueta como "del Bicentenario." ¿Qué mejor, señor mío -habrán dicho- que tapizar el territorio nacional con la infraestructura -siempre necesaria- del Bicentenario! Además -pudieron haber agregado-, ya es hora de renovar muchas de esas obras, ya centenarias, hechas por Díaz en 1910. Precisamente -pensó en voz alta cada príncipe. ¿Quién recuerda los mercados, las escuelas o los ferrocarriles de Don Porfirio? -o "del dictador", habrá dicho el otro. En cambio, cada vez que tenemos algo que celebrar -la boda o el triunfo de la selección nacional- corremos al Ángel. Los monumentos sí sirven, señores. Se recuerdan y nos recuerdan nuestra identidad -dijo inspirado, casi poético el mandatario. Vean, por ejemplo -continuó- el Monumento a la Revolución. Iba a ser Palacio Legislativo -interrumpió un consejero atrevido. Exacto -enfatizó, mientras con la mirada reprobaba el atrevimiento del asesor. Y si lo hubieran terminado, nadie hubiera ido más que a manifestar su enojo o su desacuerdo. Así, vacío, sin otro uso que el propio de un monumento, el edificio trasciende la necesidad para convertirse en arte -esto último lo dijo con tono casi filosófico, entornando la mirada y pensando, por un momento, que la idea de convertir al Palacio inconcluso en Monumento había sido suya. Ninguno se atrevió a recordarle que a ese monumento no va tanta gente como al Ángel. Pero señor -dijo otro-, recuerde a Mitterrand, para el bicentenario francés amplió un museo, construyó una biblioteca y un parque, un ministerio, una ópera y hasta un Arco en la Defensa que funciona como edificio de oficinas. ¡Eso! -dijo entusiasmado el jefe. Después de la palabra Arco había dejado de escuchar, ni donde ni para qué ni cómo. Sólo pensó en Roma, en los Luises, en Napoleón. Soñó un arco que fuera la puerta simbólica de la ciudad, bajo el cual pudiera pasar en compañía de distinguidísimos invitados en un auto negro descapotable. ¡Hagamos un arco! ¿A quién se lo encargamos? Los asesores se vieron unos a otros preocupados. Entendieron que ya no había vuelta atrás. Que sus respectivos jefes se habían lanzado en un triple mortal y se pusieron a buscar la mejor red. Un concurso -dijo uno. Abierto e internacional -dijo otro. Así hicieron los franceses. De ninguna manera señores. Eso es muy complicado -dijo el jefe-, esa gente hace todo con demasiada anticipación. Nosotros tenemos que inaugurar nuestro Arco el 15 de septiembre de 2010. ¿Podría ser el 20 de noviembre, Señor? Ganaríamos un mes. No. Septiembre. Quince. 2010. Un concurso pondría en riesgo nuestras celebraciones. Un concurso por invitación -sugirió otro. ¿Por invitación? ¿No contradice eso una celebración republicana de la independencia y la democracia posrevolucionaria? -dijo alguien más a quien nadie oyó. ¿A quién invitamos? -preguntó de nuevo. ¿A cuántos quiere invitar, Señor? A ver. 200 son muchos; entre 6 (por lo del sexenio, ¿entienden?), ¿cuánto da? 33.33-susurró el más avezado en matemáticas. ¿33.33? Cerrémoslo en 40. Además, algo debe tener el 40, ¿no? Los top 40, las cuarenta principales. Gracias -les dijo cada uno a sus asesores. Consíganme 40 arquitectos para mi Arco. Y pónganse en contacto con el Gobierno local -federal, dijo el otro. Tiene que verse que en esto vamos juntos. Son los grandes temas de la Nación los que nos unen. Gracias -repitió. Recuerden: 40 arquitectos, un Arco, 15 de septiembre del 2010 -y salió del salón por una puerta que, para él, era la entrada a la Historia.
economía de la demolición

Generalmente las críticas de arquitectura se ocupan de valorar obras recientes, de presentarle al público las cualidades y características de proyectos sobresalientes. Otras, menos, de señalar defectos y fallas, muchas veces evidentes pero ignoradas por complicidad o desconocimiento. Se supone normalmente que el silencio es el mejor rechazo: a menos que el fiasco sea excesivo, imperdonable, preferible elogiar que denostar. En ambos casos se trata de una toma de posición frente a lo nuevo.
La misma pareja -elogiar o denostar- se da en relación con lo ya construido. Primero con la defensa de lo existente, sobre todo de aquello valioso que corre el riesgo inminente de ser destruido o gravemente transformado debido -supone el crítico- al desinterés, a la ignorancia, al simple -y más difícil de describir o explicar- mal gusto o, generalmente, a una perniciosa mezcla de todos los anteriores. Menos común que todas las otras tareas de la crítica, ésta a veces se instaura en el tribunal de la inquisición arquitectónica y condena a la pena máxima a uno o varios edificios cuyo valor, argumentos mediante, no sobrepasa el de material para relleno sanitario.
A finales de septiembre, Nicolai Ouroussoff, crítico de arquitectura del New York Times, publicó un texto titulado "Demuelan esos muros". "Aún las más majestuosas ciudades -escribe Ouroussoff- están salpicadas con horrores. El saber que todas las gamas de la experiencia arquitectónica, de lo sublime a lo insoportable, pueden existir en un espacio comprimido es parte de la seducción de la ciudad. Con todo -sigue- hay un puñado de edificios en Nueva York que no logran contribuir ni siquiera en esos términos. Para ellos la solución pudiera ser la demoledora".
Los argumentos para sentenciar a un edificio a la desaparición deben ser cuidadosos pues, con seguridad, son demasiado cercanos a los que se usan contra obras nuevas que chocan con el gusto aceptado o tradicional. El primero de la lista de Ouroussoff en Nueva York es el edificio actual de MetLife, antes PanAm. Ese edificio ha aparecido en los primeros lugares entre los más odiados por los neoyorquinos en diversas encuestas, sobre todo, se supone, por su excesivamente visible posición fuera de la clásica retícula de Manhattan, literalmente a media calle. El apoyo del crítico especializado a la opinión popular es notable, sobre todo teniendo en cuenta que entre sus arquitectos estuvo Walter Gropius, fundador de la Bauhaus. No es la fealdad, aclara Ouroussoff, el principal criterio para condenar a un edificio -en ese caso, dice, habría demasiados condenados- sino ante todo el efecto traumático que puedan tener en la ciudad.
En su artículo del NYT, además del MetLife ex PanAm, Ouroussoff enlista el Madison Square Garden, Trump Place, el edificio de Edward Durell Stone en Columbus Circle, entre otros. ¿Qué tirar en la ciudad de México? No sólo por su fealdad -siguiendo el consejo de Ouroussoff- sino por su efecto. Pero incluso esta valoración del efecto no es asunto sencillo. Hace no mucho, por ejemplo, en varias vías de esta ciudad se eliminaron anuncios espectaculares privilegiando un paisaje supuestamente más valioso que las imágenes que éstos presentaban. Es cierto que ahora se ve más -cuando la nube gris de contaminación lo permite-, pero ¿se ve mejor? Varios hemos criticado la idea de construir un segundo piso del Periférico rodeando las Torres de Satélite, de Barragán y Goeritz, pero ¿cuántos defendieron al Toreo de Cuatro Caminos o al edificio de Avón, en avenida Universidad casi esquina con Miguel Ángel de Quevedo -un edificio de un brutalismo futurista interesante a ser sustituido por un centro comercial con un inexplicable "Sabor de Coyoacán", según declaró su arquitecto, Javier Sordo Madaleno?
Junto a la economía financiera que dicta qué permanece y qué no, hay economías culturales y simbólicas igualmente efectivas. "La cultura es -según el filósofo alemán Boris Groys- por su dinámica y capacidad de innovación, el ámbito efectivo por excelencia de la lógica económica". El valor -de un edificio o de un cuadro- se decide en un "mercado" de valores más complejo que el meramente económico.
9.11.08
paseusted.org / texto
Luego el territorio, luego el resto: la piedra. El vacío, la extensión, el espacio y, por otro lado, la materia, lo pleno, la densidad, la intensidad, el peso -aunque el suelo es también un poco todo eso. La piedra, que en el camino nos enseña nuestro destino y nuestro origen. Tumba o monumento -las únicas dos ocasiones, según Adolf Loos, en que la arquitectura es arte. Una acción, un gesto -el grado cero del gesto, sin gestualidad gratuita. La piedra se yergue y la erección traduce o, mejor, actualiza el potencial del suelo. Lo marca, lo acota. Se impone: toma posición. La hipótesis: el suelo, la piedra. La tesis: la erección.
La erección de la piedra -sugieren algunos- recuerda la del hombre, en varios sentidos, pero, en principio, su posición, su postura. Es el hombre erguido, de pie, quien transforma el suelo en horizonte. El horizonte en mundo. El mundo en espacio. La piedra, colocada, nos coloca; establecida, nos establece. El hombre, ante la piedra, piensa en la piedra, en su materialidad y su peso. Y también en lo otro: el paisaje, el entorno, el allá que se distingue del aquí marcado por la piedra. Y luego el más allá: fuerzas y potencias traducidas en dioses y similares. Y piensa en sí mismo: ¿cuál es su lugar? Por supuesto nada de eso lo hacen el hombre o la mujer a solas: no hay hombre ni mujer a solas. Siempre se empieza en plural: hombres y mujeres multiplicados. La comunidad como multiplicidad.
Volvamos a empezar. En el principio los hombres dispersos. Así explica Vitrubio el origen de la arquitectura. Un día un relámpago enciende unas ramas secas. El proto-hombre, al principio, se asusta, se esconde y se dispersa aún más. Pero son curiosos. Se acercan al fuego y ven que era bueno. Ese hogar es su primer espacio común. Como no sabían producir el fuego, dice Vitrubio, deben cuidarlo. Quien lo cuida, descuida la atención de sí mismo, delegándola a los otros. De ese acuerdo necesario surge el lenguaje y con el lenguaje la arquitectura que no es sólo lo construido sino las ideas comunicadas para construir mejor: mejores casas, mejores cosas y mejores comunidades.
Antes de ser monumento, la piedra y el fuego propician la autoconstrucción de nosotros en tanto nosotros. El cómo nos hacemos y, cuando hacemos algo -decía Gertrude Stein- dejamos de ser lo que hemos sido. Celebrar el ser como pura identidad es una ficción peligrosa.
Por eso hoy no se pueden hacer monumentos, El triunfo y la victoria nos deberían sonar ya huecos. Todo monumento a la civilización -podríamos decir parafraseando a Walter Benjamin- es al mismo tiempo monumento a la barbarie. ¿Triunfo y victoria sobre quién? Sobre el otro. ¿Triunfo y victoria de quién? De lo mismo, de la identidad, de lo que nunca cambia.
Que el Ángel sea una Victoria -con sus alas y sus tetas- es involuntario y andrógino homenaje al equívoco. A la ambigüedad y a la mezcla. A la reinterpretación. Para el Bicentenario ¿dos ángeles en vez de uno? ¿Queremos o necesitamos más monumentos? ¿Victoriosos ángeles mensajeros de qué mensaje?
Dice el filósofo Peter Sloterdijk que ahora ya no hay naturaleza, sólo infraestructura. No se trata de apostillar obras pensadas a medias: el tren, el metro, la presa o la carretera del Bicentenario. Se trata de pensar en lo que nos infra-estructura, en lo que nos sostiene, lo que nos sustenta. El suelo que se abre como espacio común.
El parque central, por ejemplo, como lo que hace creíble la película: El chico pobre judío se enamora del chico negro rico. Una máquina de conectar, una mezcladora. No se si baste pero pienso que son cosas así las que hacen falta para, por fin, borrar, disolver, desmantelar un esquema jerárquico que ni 200 años de independencia ni 100 de revolución han podido -¿o querido?- eliminar.
Máquinas mezcladoras que produzcan auténticos mestizos: ya no más castizos ni mulatas, ya no más chinos ni cambujos y, sobre todo, dejemos de ser saltapatrases.
21.9.08
el espacio de lo posible
En BLDGBLG Geoff Manaugh comenta la exposición The Ruel of Regulations, a cargo de Finn Williams y David Knight. Williams y Knight exploran cómo el espacio de lo posible, de aquello que puede ser si no imaginado, de menos, construido, está determinado en altísimo grado por normativas, códigos, zonificaciones y otras muchas minucias legales que, sumadas a las condiciones impuestas a cualquier proyecto por el uso, la costumbre y el presupuesto, hacen parecer difícil cualquier invención –concebida románticamente como un momento de genialidad y novedad absolutas. Uno de los ejercicios que realizan, y que describe Alex Ely en el Architects Journal consiste en "reformar" la Maison Citrohan de Le Corbusier (1922) para "ver cómo sería hoy en el clima de paranoia ambiental, bajo costo, igualdad de oportunidades y accesibilidad." Uno de los cambios –que produce, según Ely, un momento escultórico– fue rotar un escusado para evitar que estuviera alineado con la Meca, que es una de las recomendaciones de la Guía para alojar a la diversidad de la Federación Nacional de Vivienda del Reino Unido.

