












tras ver estos extraordinarios dibujos de thomas hillier que geoff manaugh publica en bldgblog, y pensando en dedicarle otras entradas próximamente a esto del dibujo y la arquitectura , transcribo ahora parte de la introducción a la publicación que presenta un curso en la universidad anahuac (el documento entero se puede consultar aca):Durante siglos la arquitectura, como otros oficios, técnicas y artes, se aprendió copiando. Y al menos desde el Renacimiento, cuando Giorgio Vasari fundó la Academia del Disegno, es decir, de aquellas artes que tienen como base y como mecanismo regulador al dibujo, incluyendo entre éstas a la arquitectura, el aprendizaje consistió, primero, en dibujar del natural edificios consagrados y, luego, asumiendo que las reglas precisas de la composición arquitectónica se encontraban manifiestas antes en los dibujos que en los edificios, donde las relaciones exactas entre las partes se escapaban al ojo no entrenado, se pasó a copiar directamente los dibujos en vez de las obras.
El arte y la arquitectura modernas y, sobre todo, su pedagogía, rechazaron –razonable y razonadamente– esta manera de entrenarse a partir de la repetición de modelos probados, sustituyéndola por una combinación de análisis de problemas e invención de soluciones inéditas.
No es lugar aquí –ni bastarían estas líneas– para estudiar todas las consecuencias primero, en el Renacimiento, de concebir a la arquitectura como un arte del diseño, es decir, que se dibuja para concebirse, y después, en los inicios del siglo veinte, de separar al diseño –como proceso de creación y producción– del dibujo. Pero podemos apuntar que una de las consecuencias, imprevista, de dicho cambio fue que el dibujo pasara de ser un mecanismo regulador para entenderse como mero efecto de la representación.
En la copia del modelo sucedía algo que la Academia, con su empeño normativo, se esforzaba por evitar o, de menos, controlar: el modelo era sometido a modificaciones a veces imperceptibles y por lo general involuntarias. Para usar, sin detenernos en explicarla, la diferencia planteada por Deleuze y Guattari, el modelo se transformaba
inevitablemente en módulo, en una modulación. O, pensando en el campo de los objetos culturales lo que Darwin había postulado para los seres vivos –donde hay descendencia hay modificación–, en la copia o reproducción de los mismo hay pequeñas modificaciones que dan lugar a lo nuevo –permitiendo que el protozoario devenga ballena y la cabaña Partenón. La Academia, repetimos, dedicó casi todas sus fuerzas a controlar, ocultar y marginar esas transformaciones, a sancionar cualquier modulación del canon. Pero la pedagogía arquitectónica moderna tiró al niño con todo y el agua sucia: la tabula rasa hacía del diseño un acto heroico sin ascendentes y, muchas
veces, por lo mismo, sin descendencia.
En los años 60 varios arquitectos y críticos se rebelaron contra lo que vieron como un olvido de la historia y que, en el fondo, era un olvido del dibujo como medio de repensar la historia y, además, transformarla. Manfredo Tafuri, Collin Rowe, Aldo Rossi, por nombrar sólo algunos, tomaron parte en esa rebelión que, como siempre, traicionada, desembocaría en el posmodernismo pastichero. Bruno Zevi, por ejemplo, en un seminario sobre la historia, la teoría y la crítica de la arquitectura, en 1964, leyó una ponencia titulada La historia como método para la enseñanza de la arquitectura.
Entre otras cosas Zevi planteaba que entender al arte como “algo puramente intuitivo, irracional y que sólo tiene que ver con los sentimientos, es algo pasado de moda. El arte –continuaba– es un acto consciente, un proceso que puede ser controlado y verificado.” En segundo lugar, Zevi aclaraba que las llamadas obras de arte no siempre son creativas por naturaleza, “de hecho –dice– muchas obras de arte, incluso algunas muy famosas, son de naturaleza crítica.” Finalmente, decía que incluso las excepcionales obras de arte realmente creativas, tienen un proceso que puede entenderse, demostrarse y verificarse. Para lograr lo anterior en la escuela, Zevi proponía borrar las distinciones entre historia, teoría, crítica y el diseño mismo. “El diseño deberá enseñarse en los cursos de historia o, mejor, en los laboratorios de historia; y la historia se enseñará en las mesas de dibujo.”
Como lo ha planteado Sanford Kwinter, entendemos al diseño como “una manipulación, una reorganización de códigos mediante el desplazamiento de las propiedades materiales en nuevas organizaciones que, a su vez, generan nuevas propiedades.” El diseño como dibujo o, mejor, como redibujo, es un instrumento para poder, primero, entender las propiedades materiales asociadas a una codificación específica y así, luego, poder recodificarlas.
nicolai ouroussoff pasa revista en el new york times al recién terminado maxxi, el nuevo muso de arte contemporáneo en roma, obra de zaha hadid.
desde el blog de jesús silva herzog llegó a esta entrevista en spiegel online donde, entre otras cosas acerca de hacer listas, eco da su visión de cómo debiera ser la educación hoy:
hace tiempo escribí algo sobre la mala educación. hoy, tras un vistazo a los resultados publicados por mexicanos primero bajo el título contra la pared, supongo que en aquél texto pequé de optimismo. aquí, traducidos en una gráfica espero un poco más clara que las que acompañan al informe, unos cuántos números a mi parecer aterradores: de cada 1000 mexicanos en edad de entrar a la escuela primaria, sólo lo harán 980. de éstos, 620 terminarán la secundaria. sólo 460 entrarán a la preparatoria y 250 la terminarán. de los 1000 mexicanos iniciales, 130 terminarán una carrera. si esos datos los cruzamos con los resultados de la prueba pisa de la ocde, de los 130 mexicanos por millar que terminan una carrera, probablemente 65 tengan una calificación entre 0 y 1, esto es: serán incapaces de producir conocimiento nuevo a partir del que supuestamente han obtenido. 52 obtendrán 2 de calificación; 10, 3; y tan sólo 3 mexicanos de 1000, habrán terminado estudios universitarios y podrán obtener en aquella prueba un resultado igual o superior a 4. tres de cada mil.
¡Lo que puede generar un cambio de horario! No sólo el ahorro energético y la somnolencia matutina que provoca la hora extra en verano. Imaginen lo qué pasaría si el gobierno capitalino se decidiera a imponer un horario restringido al transporte de carga pesada que atraviesa la ciudad de lado a lado en cualquier momento. Si no pudieran circular, digamos, entre las 7 de la mañana y las 7 de la noche, nos ahorraríamos probablemente buena parte del tráfico en algunas calles y, sobre todo, los inconvenientes que un transporte de esa magnitud –en tamaño pero también en peso y en su operación– genera al compartir las vías y horarios de los autos particulares.
Pero ahora un tema que genera, de menos, controversia, es la propuesta de algunos diputados locales de ampliar o liberar totalmente los horarios de operaciones de restoranes, bares y antros. La propuesta ha encontrado la oposición de vecinos quejosos del ruido, las molestias y hasta la inseguridad que provocan dichos establecimientos, de autoridades alarmadas por la seguridad física de “los jóvenes” –pues parece que son los únicos que gustan de la diversión de larga duración– y hasta de curas que, desde un medioevo ideológico, temen por la salud moral de esos mismos jóvenes –”víctimas fáciles de las drogas y otros vicios”– que, de noche, están más expuestos –todos lo sabemos– a los demonios de los excesos, del alcohol y de la carne.
Si como en una sociedad democrática moderna, laica y medianamente ilustrada, los vecinos exigieran que, a cualquier hora del día, restoranes, bares y antros, contaran con los medios necesarios para evitar que la música y el ruido del interior se escuchen al exterior, y que contaran con las condiciones necesarias para evitar otro tipo de molestias; si las autoridades competentes –y en esto han opinado desde la Secretaría de Seguridad Pública, la de Salud y el Instituto de la Juventud– se preocuparan por generar las condiciones de seguridad para poder caminar o manejar a cualquier hora, en cualquier lugar, si trabajaran en las campañas de información para saber cómo y cuándo conducir –no para impedir que los jóvenes o los viejos beban, sino que manejen si han bebido demasiado–, si hubiera transporte público seguro y eficiente para regresar en la madrugada de un antro –por cierto, si cierran a las 6 de la mañana uno puede volver a casa en metro sin tanta complicación–, si hubiera inspectores incorruptibles que certificaran la seguridad en esos lugares; si, por último, los curas se dedicaran a lo suyo, tal vez podríamos entender que el problema no es de horario –ni de ruido ni de alcohol y vicios peores–, sino precisamente de esas condiciones ignoradas, de esos compromisos no asumidos, de esos deberes incumplidos.
Pero no. Como en muchas otras cosas, en esta ciudad y en este país preferimos cerrar los ojos, dar la vuelta. No sólo tapar el pozo tras ahogado el niño, sino taparlos todos, hasta los que sirvan para beber. La libertad –la de elegir desvelarse, tomar una copa, no casarse o casarse con alguien del mismo género– nos asusta. Y nos asusta, en parte, porque la libertad exige responsabilidades –individuales y colectivas– que no queremos tomar. Mejor que el antro cierre temprano. Mejor que nada cambie porque eso implicaría estar listos, ofrecer lo que una ciudad moderna necesita y exige para ser eso: moderna. Mejor evitar la tentación que hacerle frente.
Quiero pensar que los cafés, los restoranes, los bares, los antros, los teatros, los cabarets y los burdeles, entre muchos espacios otros, han sido, además de sitios de perdición, lugares donde hablando, bailando, comiendo, bebiendo y discutiendo entre copas, riendo, tocándose y fornicando, los humanos hemos aprendido, de manera distinta que en las escuelas o las bibliotecas, a ser eso: humanos. Ahí también se construyen mejores individuos y mejores sociedades. Pero si eso nos da miedo, mejor vayámonos a dormir temprano.
