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29.6.10

una ocupación incivil

a civilian occupation fue la exposición y luego el libro preparados por rafi segal y eyal weizman sobre el uso de la arquietctura como arma de ocupación en los territorios palestinos ocupados por israel. desde boiteaoutils esta entrada sobre la más eficiente arma del ejército israelí en la ocupación de los territorios palestinos: la caterpillar d9.

15.4.10

el suelo protector (8)

8. John Entenza fue en los años cuarenta y cincuenta editor de la revista Arts and Architecture. Además, fue el promotor del programa de las Case Study Houses, una serie de casas pensadas para la posguerra: económicas, ligeras y confortables que aprovechaban al máximo las técnicas constructivas del acero, el aluminio y el vidrio. Diseñadas por algunos de los más renombrados arquitectos del momento –Raphael Soriano, Richard Neutra, Craig Ellwood, Pierre Koenig, Eero Saarinen, Charles y Ray Eames, entre otros–, aprovechaban un sistema constructivo a base de marcos rígidos de acero o madera haciendo del espacio y las vistas el máximo lujo. En 1944, Charles y Ray Eames publicaron en la revista de Entenza un ensayo llamado What is a house? El texto iba acompañado de un dibujo de Charles Eames en el que aparecían distintos personajes realizando diferentes actividades: tocando el chelo, jugando cartas, preparando cocteles, pintando, cortando madera, leyendo. Lo único que no hay en el dibujo que ilustraba un texto que se preguntaba qué es una casa es muros, puertas o ventanas. Alguno podría suponer que tampoco hay suelo, pero el punto de vista del dibujo nos muestra que las personas y los muebles y utensilios que los acompañados reposan en uno cuyos límites no percibimos. Quizá sean las actividades mismas y los medios técnicos que nos ayudan a llevarlas a cabo lo que hoy sirve para diferenciar un sitio de otro, un adentro de un afuera, un aquí de un allá. Pero al final, como al principio, lo que queda es el suelo.

14.4.10

el suelo protector (7)

7. Con todo, los suelos multiplicados en un continuo sin transición ni diferenciación alguna, listos para alojar todo tipo de actividad o uso, parecen contradecir la idea misma de la arquitectura como encargada de determinar un suelo específico para ciertas actividades al incrementar, seleccionar o disminuir su potencial. En la presentación de su proyecto para la Biblioteca Pública de Seattle, Rem Koolhaas/OMA oponen a la noción moderna de flexibilidad, que califican de uniforme –aquella “concebida como la creación de pisos genéricos donde casi cualquier actividad puede tener lugar”–, a otro tipo de flexibilidad –“hecha a la medida”– a la que llaman compartimentalizada. Dicha concepción de la flexibilidad tuvo efectos precisos en ese proyecto, tanto en el tratamiento del suelo como en la manera como éste se relaciona con la organización programática del edificio. “La superposición típica de pisos del rascacielos americano –que Koolhaas había estudiado en su libro de 1978 Delirious New York– es modificada genéticamente,” reagrupándolos en grupos conformando cinco plataformas que cobijan aquellos usos más o menos fijos o estables del programa y que están separadas por un espacio intersticial dedicado a los usos públicos, más abiertos e indefinidos: flexibilidad a la medida.

Así, la separación y la conexión entre los distintos espacios, que ya no depende de una lógica constructiva o tectónica, se mantiene, redefinida, para asegurar la producción de diferencias específicas entre aquí y allá o, más bien, entre lo que puede suceder con mayor probabilidad aquí y lo que no. Y eso tal vez nos lleve a entender hoy, en la era de la telecomunicación acelerada, a la arquitectura en tanto interferencia –sea positiva, negativa o sintética– como una interfase. Así lo entiende, en su libro publicado originalmente en 1969 Las ciencias de lo artificial, Herbert A. Simon –entre otras cosas premio Nobel de economía en 1978. “Un artefacto –dice– puede ser pensado como el punto de encuentro –una ‘interfase’ en términos actuales– entre un medio ‘interno’, la sustancia y organización del artefacto en sí, y un medio ‘externo’, el entorno en el cual opera.” Recapitulando, un artefacto –o un dispositivo– es un sistema físico que controla la diferencia de potencial entre distintos tipos de suelo, un adentro y un afuera, mediante una interfase cuyo tipo de interferencia puede ser calificada como positiva, negativa o, el caso más común, sintética.

13.4.10

el suelo protector (6)


6. ¿Y los techos? Sí, los techos protegen, dice Cache, pero no tienen especificidad: son variaciones del muro. Hay que hacer notar, sin embargo, que desde principios del siglo veinte la arquitectura emprendió un trabajo de disolución del muro y, en cierta medida, también de la ventana y la puerta, entendidas como perforaciones selectivas en los muros. Desde hace poco menos de un siglo, como consecuencia de las nuevas técnicas constructivas, los muros que separan y las ventanas y puertas que conectan se han amalgamado en un compuesto que separa y selecciona a la vez aunque no siempre al mismo tiempo –como es el caso, por ejemplo, con los muros de vidrio de la arquitectura de Mies van der Rohe–, jugando un papel más complejo de lo que hacía en la arquitectura tradicional –como la planta libre y las ventanas horizontales de Le Corbusier. Los techos, finalmente, en tanto variaciones del muro, han desaparecido casi por completo y se entienden hoy, más bien, como variaciones del suelo. Elemento privilegiado de la arquitectura moderna y contemporánea, el suelo que a veces es rampa, otras terraza e incluso, sin dejar de ser suelo, puede hacer las veces de un muro. Algunas de las ideas más conocidas de Le Corbusier confirmaban esta mutación: levantar al edificio sobre pilotes para dejar que al suelo original casi intacto en una continuidad prácticamente ininterrumpida; transformar los techos en terrazas –planteado a veces, equívocamente, como una quinta fachada: se trata de una multiplicación del suelo–; y, finalmente, la idea de la promenade architecturale, la arquitectura percibida en un paseo o en un desfile del espectador sobre un suelo que así se lo permite. Asistimos así, a inicios del siglo veinte, a una multiplicación de los suelos no menos portentosa que aquella de los panes.

Esta primacía de la continuidad del suelo, la insistencia en la posibilidad de recorridos ininterrumpidos, es, de nuevo según Bernard Cache, parte de la naturaleza del intervalo moderno : el “movimiento en un suelo enrarecido que se convierte en una aberración.” Sin embargo, podemos pensar que esa continuidad prometida estaba, en el fondo, implícita en la naturaleza misma del marco y que encuentra su expresión plena con el uso de los marcos constructivos que la técnica constructiva de fines del diecinueve y principios del veinte hace posible –lo que implicó, a su vez, una mutación radical del muro. “El descubrimiento de la fachada libre –escriben David Leatherbarrow y Mohsen Mostafavi en su libro Surface Architecture– estuvo acompañado por transformaciones sin precedentes en sus cualidades tectónicas y materiales. Antes del uso extendido de los marcos constructivos, los requerimientos de luz y ventilación y de vistas fuera del edificio se resolvían con aperturas, construidas como perforaciones en los muros. El marco cambió todo esto: las ventanas cesaron de ser aperturas en los muros y se convirtieron ellas mismas en muros.”

La arquitectura, pues, en tanto el arte de introducir intervalos de probabilidad en el territorio, empieza precisamente ahí, por el suelo, entendiendo o atendiendo, cual estratega militar, a su configuración y a su potencial, para después, separando, conectando y arreglando el sitio, terminar de nuevo en el suelo, pero cargado ahora con un potencial enriquecido y, quizás, sublimado.

12.4.10

el suelo protector (5)

5. Empecemos de nuevo una vez más: en el principio es el suelo. En 1983 Bernard Cache, un arquitecto francés que durante varios años asistió a los seminarios de Gilles Deluze en la Universidad de París, escribió un manuscrito titulado Terre meuble: Tierra mueble o, también, Tierra móvil, blanda. Deleuze leyó el manuscrito y lo citó, primero –en su libro sobre Leibniz y el barroco, El pliegue (1988)como L’ameublement du territoire, diciendo que ese texto “de inspiración geográfica, arquitectónica, sobre todo mobiliaria,” le parecía “esencial para toda teoría del pliegue.” Lo volvió a citar, con el mismo título, en el último libro que escribió con Félix Guattari, ¿Qué es la filosofía? (1991), al hablar de la arquitectura como la primera de las artes. “Al hacer de la arquitectura el primer arte del marco –dicen Deleuze y Guattari–, Bernard Cache puede enumerar cierto número de formas cuadrantes que no prejuzgan ningún contenido concreto ni función del edificio: la pared que aísla, la ventana que capta o selecciona (en contacto con el territorio), el suelo-piso que conjura o enrarece (‘enrarecer el relieve de la tierra para dejar campo libre a las trayectorias humanas’), el techo que envuelve la singularidad del lugar.” La doble cita de parte de tan ilustre personaje atrajo la atención al texto de Caché y, finalmente, fue publicado por primera vez en 1995 traducido al inglés como Earth Moves.

Cache define a su libro como un clasificador de imágenes. Las dos primeras imágenes, que corresponden a los dos primeros capítulos, son la imagen territorial y la imagen arquitectural.

La imagen territorial tiene que ver con el suelo y sus condiciones particulares: “la topografía –escribe Cache– es una preocupación primordial en el establecimiento de una ciudad.” Y podemos decir que no sólo en eso: “la configuración del terreno –se lee en el famoso Arte de la guerra de Sun Tzu– es de la más grande ayuda en la batalla.” François Jullien explica que ahí, en el pensamiento topográfico de Sun Tzu, se entrelazan dos nociones: primero xing, que es tanto “situación” como “configuración” y “terreno”, y luego shi –“que se pronucia she”– que él traduce como “potencial de situación” : lo que el sitio permite o, dicho de otro modo, su potencial.

Para Caché, “el trabajo de la arquitectura resulta en la expresión de la especificidad del sitio sobre el que se construye,” sin confundir, aclara, especificidad con identidad: la especificidad son las condiciones del sitio anteriores a toda arquitectura, la identidad, en cambio, nunca es preexistente sino el producto de una construcción. La arquitectura, según la define Caché –y esto es lo que comentaban Deleuze y Guattari–, es “el arte de introducir intervalos en un territorio en orden de construir marcos de probabilidad.” Lo que hace la arquitectura, pues, es preparar un sitio, a partir de entender su configuración y su potencial, para controlar la probabilidad de que ahí pasen ciertas cosas y otras no. Recordemos a Evans: interferencias positivas, negativas y sintéticas. La arquitectura interfiere, pues, enmarcando, y los marcos arquitecturales cumplen, explica Caché, al menos tres funciones. Primero, separan: “se debe delimitar un intervalo en el cual una forma de vida que no era apropiada para ese medio pueda tener lugar.” Segundo, seleccionan: restablecen conexiones con el entorno del que primero se separan, pero selectivamente. Si el modelo de la separación es el muro, de la selección lo son la ventana y la puerta. Finalmente, el intervalo separado y luego conectado selectivamente se arregla, se acondiciona para que ahí pueda pasar lo que debe de pasar.

Así, volvemos al principio, al suelo, pero enriquecido. Si empezamos con la comprensión de la configuración y el potencial del sitio, para aislarlo y conectarlo, terminamos arreglando ese mismo suelo: “es lo plano del escenario –dice Cache– lo que hace probable la coreografía, así como es lo plano del estadio lo que incrementa la probabilidad del atletismo. El suelo enrarece la superficie de la tierra para permitir que las actividades humanas tomen forma. Todo esto no hace más que comprobar la etimología: lo humano es lo relativo al suelo.

11.4.10

el suelo protector (4)

4. En una conferencia Latour se preguntaba sobre el espacio: “¿es aquello dentro de lo cual residen los objetos y los sujetos? ¿o es el espacio una de las muchas conexiones hechas entre objetos y sujetos?” Para Latour “en la primera tradición, si vacías el espacio de cualquier entidad, queda aun algo: espacio. En la segunda, ya que las entidades engendran su espacio (o, más bien, sus espacios) en sus desplazamientos, si las retiras no queda nada, especialmente no queda espacio.” Latour cierra ese párrafo con una frase admonitoria: “dime cuál es tu posición sobre el espacio y te diré quién eres: sospecho que esto discrimina igualmente a filósofos, arquitectos e historiadores de arte, entre otros.”

El arquitecto e historiador Robin Evans pertenecía, seguramente, al segundo grupo. En 1970 Evans publicó un ensayo titulado Towards Anarchitecture –hacia la anarquitectura, obvia referencia al texto clásico de Le Corbusier, publicado a principios de los años veinte, Vers une architecture, traducido al inglés como Toward an architecture. Evans inicia con una nota etimológica sobre el neologismo anarquitectura: del griego an, no, archi, dominio, control, y tegere, construcción. Podemos entender entonces la an.arquitectura como una no.arquitectura o, leída como anarqui.tectura, como la tectónica del no-control. En el primer párrafo, Evans, que conocía el trabajo de Foucault, plantea, adelantándose a Latour, que hay “una necesidad de clarificar la relación entre ‘arquitectura’ y libertad humana. El diseño, emergencia u ocurrencia de nuevos tipos de aparatos tanto a escala micro como macrocósmica, ha sacado a la luz ciertas cuestiones alrededor de las implicaciones sociopolíticas de las ‘cosas’.” Los nuevos tipos de aparatos que se diseñan, emergen u ocurren hacen referencia a la noción, utilizada por Foucault, de dispositivo. En un ensayo titulado, precisamente, ¿qué es un dispositivo?, Gilles Deleuze lo define como “una madeja, un conjunto multilineal. Se compone de líneas de diferente naturaleza. Y estas líneas del dispositivo no delimitan ni acotan sistemas homogéneos en sí mismos –el objeto, el sujeto, el lenguaje–, sino que siguen direcciones y trazan procesos siempre desequilibrados que unas veces se reúnen y otras se alejan entre ellos.” También el filósofo italiano Giorgio Abamgen retoma el tema y el título de Deluze para decir que un dispositivo o aparato es, “literalmente, cualquier cosa que tiene de algún modo la capacidad de capturar, orientar, determinar, interceptar, modelar, controlar o asegurar los gestos, comportamientos, opiniones o discursos de los seres vivos.” Deleuze menciona un ejemplo en arquitectura, ampliamente estudiado por Foucault, el dispositivo carcel –de paso digamos que la tesis doctoral de Evans tenía por título La fabricación de la virtud: la arquitectura de las prisiones inglesas, 1750-1840. Estos dispositivos que nos orientan, determinan, interceptan, modelan, controlan o aseguran –dice Evans– no fueron estudiados en el pasado con suficiente atención.

Anticipándose también a Deleuze quien, en el texto citado, publicado originalmente en 1988, explica que “las disciplinas descritas por Foucault son la historia de lo que poco a poco vamos dejando de ser”, y que “nuestra actualidad se perfila en las disposiciones de control abierto y continuo, muy diferentes de las anteriores disciplinas cerradas,” Evans piensa a la arquitectura como una forma de control de la acción mediante sistemas físicos que cambian el estado del mundo presentándose como interferencias. Estas interferencias pueden ser de tres tipos: positivas, aquellos cambios que permiten la expansión de las acciones posibles sin producir ninguna restricción de las ya existentes; negativas, las que, al contrario, restringen acciones posibles sin producir ninguna nueva y, finalmente, las sintéticas, que en realidad constituyen la mayoría y que implican tanto nuevas posibilidades como restricciones a las ya existentes. La arquitectura, entonces, genera dispositivos –lógicos, discursivos y, sobre todo, espaciales– que o bien estorban lo que podemos hacer, o bien nos permiten lo que antes no podíamos o, lo más común, una mezcla de los dos anteriores. El suelo que aquí nos interesa, el suelo protector, es aquél que, en tanto interferencia positiva o sintética, hace posible la aparición de nuevas y diferentes formas de actuar y organizarse, de otros modos de estar en el mundo o, simplemente, de otros mundos.

10.4.10

el suelo protector (3)



3. En el 2005 Peter Weibel y Bruno Latour concibieron la exposición llamada Making things public, atmospheres of democracy. En la introducción al grueso volumen que la acompañó, From Realpolitik to Dingpolitik, Latour se plantea las condiciones de una democracia que, como se dice de la nueva manera de programación, estuviera orientada al objeto. De ahí la Dingpolitik –la política de las cosas– que lleva a la Realpolitik –la política de la realidad– a interesarse no sólo por cierta realidad más o menos abstracta sino en los ensamblajes precarios y variables que constituyen realidades igualmente pasajeras, cambiantes y, lo más importante, cambiables. “Cada objeto –dice Latour– reúne a su alrededor diferentes ensamblajes de partes pertinentes.” Latour vuelve, inevitablemente, al ejemplo del ágora, transformada hoy en múltiples variantes : “los laboratorios científicos, las instituciones técnicas, los mercados, iglesias y templos, las bolsas de valores, los foros de internet o las disputas ecológicas son algunos de los foros y ágoras en los que hablamos, votamos, decidimos o se toman decisiones que nos incumben, probamos argumentos o somos convencidos. Cada uno tiene su propia arquitectura, su propia tecnología del discurso, su complejo juego de procedimientos, su definición de libertad y de dominio, sus modos de reunir a quienes están interesados –y, aún más importante, mantener al margen a quienes no lo están– y sus intereses, sus maneras de llegar a un término y tomar una decisión.”

Hay aquí una evidente conexión con el pensamiento de Michel Foucault y la relación que éste propusiera entre, de un lado, poder y saber y, del otro, poder y espacio. Cada disciplina, cada forma particular de organizar ciertos saberes –es decir, cada relación específica entre poder y saber– genera o se genera a partir de protocolos o regímenes de poder-saber que regulan aquello que es posible decir y pensar y, ante todo, aquello que dicho o pensado hace o tiene sentido. Esos mecanismos no son meramente sistemas de pensamiento intangibles: cada forma de saber-poder establece dinámicas espaciales que, a un tiempo, reflejan y consolidan dichos regímenes. La cárcel, el cuartel, el hospital o la escuela, son algunas de esas formas del espacio o dispositivos que hacen patente una microfísica del poder que opera en la producción de ciertos sujetos. El enfermo como paciente, por ejemplo, como cuerpo segregado y aislado, sometido a la mirada clínica del médico, es un producto también de la espacialización física de ciertos poderes-saberes en la forma del hospital moderno. En un texto reciente que explora algunas ideas de Foucault referentes al espacio y la arquitectura, Biopolitics and the Emergence of Modern Architecture, el filósofo sueco Sven-Olov Wallenstein escribe que “el hospital se convierte en el lugar donde los pacientes pueden ser estudiados en aislamiento uno de otro y donde nuevos tipos de conocimiento médico y de técnicas curativas pueden ser aplicadas, los cuales requieren de una minuciosa individualización y racionalización.” En el hospital —continúa– “podemos ver cómo el ordenamiento espacial del saber y del poder alcanza un nuevo nivel, convirtiéndose en el paradigma para la omnipresente medicalización del espacio social en su conjunto.”

Si la interpretación tradicional de Foucault parece insistir en una visión negativa de los mecanismos disciplinares que tales espacios implican, la visión de Latour subraya el potencial de las cosas, de los objetos y de los espacios, para suscitar nuevas actitudes, nuevos conocimientos y nuevas formas de relacionarnos con esos saberes y entre nosotros mismos o, retomando los términos de Latour, nuevos ensamblajes.

9.4.10

el suelo protector (2)

2. Volvamos a empezar. Sea, pues, primero el suelo antes que el verbo. El suelo condiciona –sin que eso implique ningún tipo de causalidad ni determinismo– al verbo, es decir, al logos. Pues pensar –como apuntaron Deleuze y Guattari– “se hace en la relación entre el territorio y la tierra”. Esta anterioridad no es meramente cronológica sino, sobretodo, estructural. Pensemos por ejemplo en el ágora. En su libro sobre los orígenes del pensamiento griego, Jean-Pierre Vernant dice que la aparición de la polis constituye un acontecimiento decisivo en la historia de dicho origen –y, por tanto, en el de occidente. Vernant afirma que “el sistema de la polis implica, ante todo, una extraordinaria preeminencia de la palabra sobre todos los otros instrumentos de poder.” Pero esta preeminencia de la palabra, esa nueva condición del logos, es, al mismo tiempo, una nueva lógica del poder, una nueva disposición del poder que se ejerce en “una justa oratoria, en un combate de argumentos, cuyo teatro es el ágora.” El ágora es un solar –un suelo– radicalmente nuevo: un espacio a la vez urbano y mental, como dice Vernant, abierto a la mitad de la comunidad y cuya función principal es hacer de quienes se enfrentan con palabras, de quienes contraponen discursos, un grupo de iguales dentro de una sociedad altamente jerarquizada. Este nuevo suelo hace que la palabra de quienes lo ocupan tenga valor por su propia lógica y no por la posición social, económica o política del locutor.

El suelo, entonces, prepara y permite la aparición de nuevas formas : no simplemente de nuevas formas arquitectónicas, sino de nuevas formas de relación entre las personas que lo ocupan, de nuevos órdenes y ordenamientos. El suelo se presenta entonces como el espacio de posibilidad para la aparición de distintas disposiciones –de nuevo, tanto físicas como sociales y culturales. Lo anterior no implica intentar restaurar el supuesto poder de regeneración social de la arquitectura –aquella disyuntiva corbusiana entre arquitectura y revolución, asumiendo que la primera es el modo de evitar la segunda–, sino simplemente afirmar la inevitable espacialidad o, dicho con otra palabra no menos chocante que esta última, la fisicalidad de nuestras acciones. No solamente somos en el espacio sino que por el espacio somos de tal o cual manera determinada.

8.4.10

el suelo protector (1)

1. No es cierto que en el principio fuera el verbo. En el principio –aunque esta afirmación sea siempre engañosa pues el principio, también contrariamente a lo que se supone, nunca es simple, único o definitivo– , en el principio fue el suelo. Podríamos decir, también, la Tierra, pero habría entonces que detenernos a explicar y aclarar la anterioridad de la Tierra respecto al suelo –o la dependencia del suelo en relación a la Tierra. A riesgo de banalizar el pensamiento de Heidegger, digamos que si el mundo es la unidad de cielo y tierra, divinos y mortales, el suelo sería lo que ocurre entre la tierra y los mortales, la mediación, por así llamarle, entre éstos y aquella. Habría que evitar pensar que el suelo es simplemente lo que los mortales le hacemos a la tierra –un producto, por tanto, de los mortales–, sino que es, al mismo tiempo, lo que la tierra nos hace a los mortales. El suelo es, pues, una coproducción entre los mortales y la tierra.