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6.10.13

arquitecto por un día




hay días para todo. nacionales —el 4 o el 14 de julio, el 16 de septiembre— y otros que celebran ciertas religiones. también hay días como el primero de mayo, que es casi mundial, o el de la mujer, aunque el de la madre no es el mismo día en todos lados. desde 1996 el primer lunes de octubre es el día mundial de la arquitectura, por soberana decisión de la unión internacional de arquitectos (uia). es mismo es el día mundial del hábitat —instituido por la onu— y alguien —probablemente un arquitecto de tendencias entre heideggerianas y ecológicas— supuso que van pegados: que si el hábitat es el lugar donde habitamos algo debe de tener de arquitectura —al menos en el grado cero de una arquitectura primordial y originaria. en méxico, además de ser el día del hábitat y el día de la arquitectura, también es el día del arquitecto. supongo que alguien más —probablemente otro arquitecto, convencido de que el orden de los factores no altera el producto— supuso que si los arquitectos hacen arquitectura, entonces la arquitectura es asunto de arquitectos, y que habría que celebrar al mismo tiempo que al hábitat y a la arquitectura a los indispensables arquitectos.

aceptemos sin conceder que lo primero es relativamente cierto, que arquitecto es quien hace arquitectura, aunque de ningún modo, pienso, hacer arquitectura implique necesariamente ni construir ni hacerla bien: hay arquitectos que construyen mala arquitectura —muchos— y otros que hacen buena arquitectura aunque nunca o rara vez construyan algo —o, más bien, la arquitectura se construye de varias maneras, pero eso es otro asunto. en cambio, asumir que la afirmación inversa, es decir, que la arquitectura la hacen los arquitectos, es cierta tiene consecuencias que incluso cambian el sentido de la primera —que arquitecto es quien hace arquitectura. porque si suponemos —como de algún modo lo hizo la uia al hacer del día del hábitat también el de la arquitectura— que ocupar un lugar habitándolo es una acción arquitectónica, entonces podemos también decir que se hace arquitectura estando en el mundo —habitar es la estancia entre las cosas, dijo heidegger. o, dicho de otro modo, que habitar y hacer arquitectura son, en el fondo, lo mismo —y si ser es habitar, de nuevo según heidegger, no podemos ser sin hacer arquitectura o, más bien, por el mero hecho de ser haremos arquitectura —eso dijo en cierto sentido eugenio trías, para quien la arquitectura es, en su forma más básica, lo que hace que el espacio tenga un sentido humano; o también peter sloterdijk, quien dice que todos somos arquitectos de interiores al acondicionar el mundo para habitarlo.

entonces, si arquitecto es quien hace arquitectura, arquitectos somos todos. al contrario podríamos suponer que la arquitectura, sí, se hace al habitar pero que eso no implica que quienes la hagan de ese modo sean necesariamente arquitectos: puede haber una arquitectura sin arquitectos y el arquitecto sería un especialista en eso que todos hacemos: habitar. algo así como el poeta es un especialista en eso que todos hacemos: hablar. aunque la comparación es peligrosa: abre la puerta a un romanticismo superficial de quienes no piensan la poesía más que como rimas y olvidan que también el novelista y el filósofo son, en un sentido amplio, poetas —y así, también, se habita: pleno de méritos pero como poeta el hombre habita en la tierra, dijo hölderlin y lo citó, una vez más, heidegger.

pero eso —que el hábitat es arquitectura y por tanto todos somos arquitectos y habitamos poéticamente— no creo que sea realmente el tema central de la celebración del próximo lunes. en un país con 120 o más escuelas de arquitectura, la mayoría malas, con asociaciones gremiales que no son ni de lejos representativas de todos quienes ostentan el título o ejercen la profesión, mucho menos de los cientos de miles de jóvenes recién egresados o aun estudiando, donde la obra pública —derivada de ocurrencias poco planeadas— es asignada de manera directa y casi siempre según criterios nada claros, donde, en fin, el trabajo de los arquitectos parece inalcanzable para buena parte de la población —y no sólo en sus casas o trabajos sino en los edificios y espacios públicos que usan—, parece más necesaria la reflexión y la reinvención que la autocelebración acrítica. aunque es cierto, para eso último, un día no basta.

29.7.13

el presidente furioso



“tener una profesión no es sólo tener un saber, sino profesarlo: defenderlo con un discurso que es finalmente político.” eso lo leí en una entrevista con el título el arquitecto furioso. el entrevistado —el furioso— es sebastián gray, nuevo presidente del colegio de arquitectos, pero de chile. gray se graduó en la pontificia universidad católica en 1985 e hizo una maestría en el mit. Es socio de bg arquitectos y ha sido curador del pabellón chileno en las bienales de venecia del 2002, 2004 y 2010. también ha sido columnista en varios diarios y revistas. 

pero no es sólo su curriculum lo que me llama la atención. desde que leí la entrevista citada, empecé a seguir a gray en tuiter. gray tuitea intensamente. lo hace sobre asuntos arquitectónicos y urbanos, pero también señala al político que no se interesa por lo público, sea la arquitectura, el espacio o la política en el más amplio sentido —“quedan pocos meses para que se acabe este desgobierno,” se lee en un tuit reciente de gray. habla a favor de la igualdad de derechos para parejas del mismo sexo —es uno de los directores de la fundación iguales
o del de las mujeres para decidir sobre su cuerpo. en pocas palabras: toma posición, abiertamente. se distancia de lo que no le parece; argumenta y critica.

¿por qué habría de sorprenderme la actitud de sebastián gray? simplemente porque es algo que acá no vemos. es costumbre —al menos en lo que yo alcanzo a recordar— que los dirigentes de las asociaciones y colegios de arquitectos en méxico callen lo que piensan, que no tomen abiertamente una posición política y mucho menos que critiquen a los gobernantes. a decir verdad, al igual que la gran mayoría de los arquitectos. aquí seguimos fielmente —y claro, no sólo entre arquitectos— aquella máxima de que el que se mueve no sale en la foto. si llega a haber alguna crítica u oposición públicas del colegio de arquitectos de méxico a acciones u omisiones de nuestros gobiernos, será mediante una carta que cumpla con todo el rebuscado formalismo a que obliga la retórica nacional: estimado señor ciudadano licenciado don fulano de tal, respetuosamente este colegio de arquitectos le pide atender las demandas que nuestro gremio, siempre dispuesto a servir a la sociedad... o algo por el estilo.

el actual presidente del colegio de arquitectos de méxico es fernando méndez bernal. he buscado en la red tratando de conocer su punto de vista sobre distintos asuntos, tanto relativos a la profesión como a la ciudad, la política o, como suele decirse, la actualidad. no he encontrado mucho: algunas ideas sobre la vivienda —sin tomar una postura firme sobre el desastre que se fraguó en años recientes en ese asunto— y no mucho más. no tuitea, por ejemplo. claro, podrá decirse que como yo no estoy colegiado no estoy al tanto de esa información. pero tampoco estoy colegiado en chile y me entero de lo que el presidente de su colegio piensa. ¿por qué? porque, supongo, gray ha asumido un compromiso público —es decir, de nuevo, político— como arquitecto —más allá de su papel como representante del gremio. cosa bastante poco usual en nuestro medio.

muchas veces, hablando con amigos, se me ocurrió explicar la innegable calidad de la arquitectura chilena reciente como resultado, al menos en parte, de la existencia de una clase media consolidada y más: ilustrada. ahora me doy cuenta de que construía una coartada: cualquier defecto de la arquitectura mexicana sería explicable por lo reducido de esa clase social y no sería responsabilidad directa de los arquitectos. y no: si la arquitectura en méxico no anda tan bien como nuestro inflamado patriotismo afirma enfático en ciertas ocasiones, es porque los arquitectos muchas veces no asumimos nuestro papel: ni como técnicos especializados ni como críticos de las condiciones existentes. callamos y, así, aceptamos, haciendo de la complacencia —ya lo he dicho antes— complicidad. debemos entender —para citar de nuevo a sebastián gray— que “la buena arquitectura es la que se suma como una pieza más en un continuo de paisaje urbano y espacio público de calidad” y que “la arquitectura compromete una responsabilidad colectiva más allá de los atributos singulares de un edificio.” y debemos hablar, tener una voz y una posición públicas.

28.1.13

la invención perpetua


“si tenemos máquinas que pueden funcionar a perpetuidad sólo por la superimposición de pesos, podemos emprender trabajos de paisaje a la más grande escala imaginable –y entonces habremos avanzado tanto que podremos organizar las montañas más grandes de acuerdo a patrones rítmicos, creando profundidades y alturas a nuestro gusto.”
eso lo escribió el 13 de febrero de 1908 paul sheerbart, y se publicó en das perpetuum  mobile (1910) prefigurando de algún modo, en su colección de textos y diagramas, la caja verde de duchamp. sheerbart —escritor, crítico, dibujante y visionario— también publicó en 1914 glassarchitektur, texto que influyó directamente en el pabellón de cristal que, ese mismo año, diseñó bruno taut —quien más tarde sería miembro, entre 1918 y 1920, de la cadena de cristal, grupo fundamental del expresionismo alemán del que también formaron parte, entre otros, walter gropius y hans scharoun.
en glassarchitektur sheerbart escribe que “vivimos la mayor parte del tiempo en espacios cerrados. éstos forman el ambiente desde el cual crece nuestra cultura. nuestra cultura en cierto sentido es producto de la arquitectura. si queremos elevar nuestra cultura a un nivel más alto, estamos forzados, para bien o para mal, a transformar nuestra arquitectura.”

sheerbart elogia las posibilidades de la construcción en acero y vidrio, no sólo por su transparencia, objetivo primordial, sino porque permite construir espacios esféricos a partir de superficies curvas. sheerbart habla de construcciones en las que es más importante diseñar el contorno que la planta, propone construcciones transportables y anuncia como finalidad de la arquitectura la transformación del entorno entero, no sólo de edificios y ciudades —como se puede imaginar por su idea de mover montañas de acuerdo a patrones rítmicos gracias a la máquina de movimiento perpetuo que pretendía inventar.
no queda claro si la última muestra de la influencia de sheerbart puedan ser los proyectos para rascacielos de cristal de mies van der rohe a principios de los años 20. lo que si sabemos es que tras esos proyectos, el expresionismo, al menos en el caso del mismo mies, se fue enfriando y volviendo más recatado y puro. del pabellón alemán en barcelona al edificio seagrams en nueva york, la arquitectura de acero y vidrio, ya casi epítome de mies, terminará siendo, sin la fuerza del maestro de aquisgrán, símbolo de la arquitectura corporativa del capitalismo avanzado.
¿qué tiene que ver eso con yona friedman? aventuraré una hipótesis rápida —a la que haría falta mucho estudio. de algún modo friedman —como otros arquitectos a finales de los años 50 y durante los 60— recupera ideas e ideales de la modernidad arquitectónica de entreguerras que habían sido marginados o francamente olvidados en los años posteriores a la segunda guerra. el utopismo social y la idea de que para transformar a la sociedad se debe transformar también, y quizás en principio, su entorno, fue retomada sumándoles las convicciones del nuevo utopismo sesentero, que rechazaba la imposición autoritaria, aunque fuera filantrópica, y apostaba por la participación. desde 1958 friedman propuso estructuras espaciales vacías a ser ocupadas de manera interactiva y participativa por sus habitantes —¿o habitadas por sus ocupantes?
así, las ideas de friedman —más allá de sus resultados formales— me parecen relacionadas con las estrategias que ya había apuntado walter benjamin —quien también fuera influenciado por sheerbart— en un breve texto titulado habitando sin huellas. en ese texto benjamin define el habitar —el habitar burgués, dice él— como el hecho de seguir las huellas fundadas por la costumbre —habitar es habituarse— y dice que “la nueva arquitectura” —la de vidrio y acero, y se refiere a le corbusier y gropius, sin mencionar a mies— hace eso, el hábito, imposible.
friedman no quiere tampoco que el hábito haga al monje sino al revés, que los monjes hagan, cada uno a su manera, sus propios hábitos. y que los transformen constantemente: “para satisfacer a la gente que habite en un edificio que construyas —dice— tienes que dejarlos que lo conciban.” en cuanto al museo friedman piensa igual: el visitante no debe ser un espectador pasivo y paciente que reciba un contenido ya formado, sino un actor —más allá incluso de la participación casi simbólica del gran vidrio duchampiano donde el espectador se vuelve parte, casi accidental, de la representación que debe, eso sí, [de]terminar. para friedman la invención es un auténtico movimiento perpetuo, un evento que debe repetirse —diferencialmente, podríamos decir— una y otra vez, al hacer y al ver, al construir y al habitar.