4.5.16

japón



Nagao Nishikawa escribe: “Fue el 3 de mayo de 1933 cuando Brun Taut llegó a Tsuruga desde Vladivostok, pasando por Francia, Grecia y Turquía tras dejar Suiza, donde inició su vida como refugiado. El 4 de mayo, al día siguiente de su llegada, Taut visitó Katsura-rikyu, la villa imperial, por primera vez. Era el día en que cumplía 53 años.”

Bruno Taut nació en 1880 en Königsberg, donde estudió en la Baugewerkschule, una escuela técnica de construcción. Trabajó en Berlín y por consejo de Hermann Muthesius viajó a Inglaterra a estudiar el movimiento de las Ciudades-Jardín. En 1913 empezó el diseño de la Glashaus para la exposición de la Werkbund en Colonia que se abriría al año siguiente. El edificio incluía un poema del escritor Paul Sheerbart, cabeza del movimiento La cadena de cristal, al que pertenecía Taut y fue acompañado de un artículo que según Kai Gutschow puede considerarse “el primer manifiesto escrito de la arquitectura expresionista y un llamado temprano para entender a la arquitectura como experiencia e instalación.” En El horror cristalizado, Josep Quetglas describe ese pabellón: “en el exterior, su forma puede ser interpretada, simultáneamente, como una yema vegetal y un cristal tallado. Imagen de la síntesis, pues: representación de la armonía restablecida entre Naturaleza y Razón, entre el ciego impulso orgánico del crecimiento natural y la estructura conceptual, geométrica, de la razón.”

Diez años después de la Glashaus, en 1924, Taut fue nombrado arquitecto en jefe de la recién fundada GEHAG, empresa privada de construcción de vivienda. Entre 1924 y 1931 el equipo dirigido por Taut entregó más de 12 mil viviendas. Entre 1932 y 1933 Taut trabajó en la Unión Soviética para después ir a Suiza y luego, en 1933, llegar a Japón, donde permaneció tres años y medio. Durante su estancia en Japón Taut escribió varios libros y diseñó algunos muebles. En cuanto a la arquitectura, Marc Bourdier dice que “para los japoneses apasionados por la Bauhaus y Le Corbusier, era un hombre del pasado.”

Desde antes de llegar a Japón hasta su salida hacia Turquía en 1936, donde morirá dos años después, Taut lleva un diario donde anota sus impresiones. Al final de lo escrito el 4 de mayo de 1933 se lee: “A lo largo del camino gran riqueza, desde el salón de espera gravita, desde las habitaciones nada particular. Sutil diferenciación del goce artístico: el «todo» sólo en el movimiento, al estar quieto, se restringe. Belleza para el ojo: ojo = transformador de la espiritualidad. Entonces Japón: belleza visual. De vuelta. En el camino, el ajetreo de la vida, ¡triunfo de los colores! Tal vez el mejor cumpleaños. «Ashai» escribió: no quiero ir para un paseo sino par algo serio, y por eso el Palacio Katsura; acertado.”


La armonía entre Naturaleza y Razón que Taut buscó con su arquitectura de vidrio en la segunda década del siglo XX la encontró, tal vez, en la arquitectura japonesa que imaginó, pues bien se trataba de eso: una imagen. Nagao Nishikawa piensa que la experiencia de “visitar Katsura-rikyu al segundo día de su llegada a Japón, esbozó crucialmente una imagen arquetípica de la cultura japonesa. Puedes ser, sin embargo —agrega— que esa visión preconcebida del Japón le haya servido para entender su cultura de manera tan inmediata.” Esto no va sin cierta ambigüedad. La modernidad fue, para este arquitecto que buscó la transparencia del cristal más por sus valores simbólicos que por sus cualidades técnicas y constructivas, tanto una promesa como una amenaza. Por un lado, en Visiones personales sobre la cultura japonesa, Taut escribe que si esa cultura “tiene una preferencia constante por la simplicidad en el arte y la vida, no es otra cosa que lo que la gente bien educada llama «moderno» en un sentido positivo,” mientras que al final de su libro La casa japonesa y sus habitantes, escribe: “hemos visto muchas cosas bellas en Japon, pero cuando pensamos en la evolución resueltamente moderna y en la energía, también muy moderna, de este país, nos parece amenazado por una terrible desgracia.”

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